Canino

Existen películas que me gustan y que, sin embargo, no recomendaría ni a mi peor enemigo: Canino (Yorgos Lanthimos, 2009) es una de ellas. Y no lo haría por varías razones: por su ritmo -aparentemente- tedioso, porque parte de una premisa tan descabellada como amoral y, finalmente, porque el surrealismo que impregna toda la trama puede llegar a confundirse con el ridículo. Pues bien, una vez matizado de que no estamos ante una película apta para todos los públicos, debo decir que Canino me ha impactado profundamente. Hacía tiempo que no me encontraba con una cinta tan magnética, que tiene la cada vez más insólita virtud de atraparte desde el primer minuto y no soltarte en toda la función. La aterradora idea de unos padres de familia que educan a sus tres hijos en la más estricta soledad, privándoles de cualquier tipo de contacto con el exterior, es sobrecogedora. Y la manera que tiene Lanthimos de filmar este experimento sociológico también: a base de un ritmo pausado, prescindiendo casi por completo de cualquier recurso narrativo convencional (banda sonora, efectos sonoros), y apostando por el silencio como la principal herramienta para adentrarnos en el corazón de tres jóvenes almas que han visto cómo sus autoritarios y excesivamente protectores padres han dilapidado cualquier rastro de su inocencia, condicionando también un acierto futuro.

Ya en su presentación en diversos festivales, como en Sitges o en Cannes -donde logró el premio “Una cierta mirada”-, fue considerada como una de las películas más perturbadoras de años, bebedora de maestros como el Buñuel más surrealista –El ángel exterminador, el M. Night Shyamalan más protector (“El bosque“) o el Pasolini más provocativo (“El decamerón“). Algo que no quita con que nos encontremos ante un director con un estilo propio, con una personalidad cinematográfica marcada y que no se avergüenza en mostrar. Prescindiendo, así, de todo tipo de tabúes y censuras, Lanthimos nos relata cómo un padre de familia (Christos Stergioglou) cree en un tipo de educación basada en privar a sus vástagos de libertad para que así no conozcan el terrible mundo que se extiende fuera de las altas vallas que rodean su majestuosa casa. Para conseguir su objetivo, el patriarca y su mujer no dudan en jugar con el lenguaje -sustituyendo la palabra coño por lámpara, por ejemplo-, manipular la realidad -la piscina en esto es clave, pues les hacen creer que en ella hay vida marina-, esconden el teléfono para que ninguno de sus tres hijos tengan contacto con el mundo real o incluso buscan saciar las necesidades sexuales de su hijo a través del único ser vivo llegado del exterior: Christina (Anna Kalaitzidou). El padre engaña al mundo real (“no nos gustan las visitas”, se excusa), y construye en su hogar una auténtica fortaleza tenebrosa, oscura y absolutamente deleznable. Eso sí, sin renunciar a un humor negro, casi sórdido, que parece barnizar el film, a pesar de que detrás de cada carcajada que suelta el espectador -de la que, automáticamente, pasa a sentirse culpable- se escondan mensajes tan universales como una feroz crítica al peor de los regímenes políticos: el totalitarismo. “Un hombre puede salir de casa sólo cuando se le caiga el canino derecho, o el izquierdo, da lo mismo. Sólo entonces tu cuerpo está listo para enfrentarse a todos los peligros”, reza el padre.

En efecto, a pesar de que el argumento se centra exclusivamente en la vida de los cinco componentes de una familia -la película consigue esa atmósfera asfixiante y opresiva, en parte, porque está rodada casi por completo entre cuatro paredes-, lo cierto es que Canino va más allá. No se conforma con ser un simple ejercicio extravagante, sino que se puede ver en ella una parábola de un sistema social que alinea y, finalmente, acaba por destruir el individuo. Tal y como hace exactamente el padre de esta esperpéntica familia. Para ello, basta comprobar cómo éste emplea los mismos elementos en las que se basan la mayor parte de las dictaduras, autoritarismos de todo tipo y diversos sistemas de orden social: censura, manipulación del lenguaje, la mentira o violencia tanto física (esos golpes que le propina el padre a sus hijas son avasalladores) como psíquica (ninguno de los tres hijos podrá olvidar nunca esta traumática experiencia). Sí, puede que para reflejar todo esto al director se exceda en esa excusa de cine de autor que se respira en cada uno de los planos del film -esa tendencia al encuadre de los protagonistas amputándoles la cabeza o un excesivo carácter explícito de las escenas sexuales, brillantemente rodadas por otro lado-, o que en determinados fragmentos se sitúe entre el desconcierto y el aburrimiento, pero la sensación final que deja el film es que hay vida más allá de lo que se nos muestra visualmente. Y esa sensación pocos directores la consiguen.

Asalvajados y adiestrados como si fuesen auténticos perros -lametones y ladridos incluídos-, los jóvenes van creciendo en una clima en el que se desarrollan todo tipo de atrocidades que, sin embargo, ellos ven como lo más normal del mundo, como el incesto o la violencia más cruda, que le llevarán a un camino de auto destrucción. Así se entienden escenas tan avasalladoras como la de la hija golpeándose a sí misma frente al espejo, dispuesta a desprenderse de ese canino que simboliza, nada más y nada menos, que la libertad. Un concepto que no se sabe bien hasta qué punto conocen los tres hermanos, pero que aquí se convierte en algo imprescindible para volver a alcanzar la dignidad perdida. Sí, puede que no exista una historia que contar en el sentido más clásico y estricto de la palabra -esto es, presentación, nudo y desenlace- pero tampoco le hace falta a un film en el que incluso su final, tan abierto como acertado, da lugar a mil teorías con las que el espectador podrá jugar una vez acabado el pase. El espectador, eso sí, que esté mentalmente preparado para visualizar una obra que atenta contra su estabilidad emocional y psíquica y que es, en todo momento, un desafío a la moral, la lógica y la razón. Pero que, si araña en la superficie, saldrá felizmente reconfortado. 

Pd: obligatoria en versión original.

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