Comprar, tirar, comprar

A pesar de la galopante crisis en la que estamos inmersos, nadie duda que seguimos sumergidos en una sociedad consumista, donde muchas veces el mero hecho de comprar va ligado al concepto de ser feliz. Por este motivo, y más en los tiempos que corren, se hace aún más necesario el interesante documental Comprar, tirar, comprar (Cosima Dannoritzer, 2010). Se trata de una coproducción de España y Francia, en la que también han colaborado diversas televisiones como TVE. La finalidad de este trabajo es ofrecernos un esclarecedor relato del que es el principal motor, junto con la publicidad, de esta sociedad de consumo: la obsolescencia programada, un término desconocido por la gran mayoría pero vital a la hora de entender por qué los productos duran cada vez menos. La clave de todo es que se diseñan con el fin de que no tengan una vida eterna, sino con fecha de caducidad, para que así esta máquina imparable de consumismo en la que nos encontramos pueda seguir avanzando a toda velocidad.

Con la sutil imagen de una impresora -que abre y cierra un documental de apenas una hora de duración-, da comienzo este ejercicio de concisión que es Comprar, tirar, comprar. Dannoritzer, directora y guionista, no necesita más para mostrarnos cómo funciona el engranaje secreto de las grandes empresas y compañías, que a cambio de reducir el tiempo de vida útil de sus productos, logran incrementar sus ventas y, por tanto, sus beneficios. El dinero vuelve a ser aquí el enemigo, la principal causa por la que la obsolescencia programa se ha convertido, más que en un hecho eventual, en una constante de nuestros días. Pero éste es un término que viene de lejos, concretamente de los años 20. Y aquí radica el principal acierto del documental: elaborar una exhausta radiografía desde los orígenes de este fenómeno hasta nuestros días, siempre deteniéndose en diversas décadas e ilustrando con representativos ejemplos gráficos todo lo que la acertada voz en off femenina va relatando. Así, aunque la pieza audiovisual comienza con el ejemplo de una bombilla -remitiéndonos al lugar donde yace la que es la más antigua del mundo-, para después seguir con las medias de nylon, las impresoras o, finalmente, el iPad. Productos, todos ellos, a los que sus fabricantes han ido recortando su calidad hasta el punto de convertirlos en algo de un uso cada vez más limitado. Ellos son ejemplos de cómo la obsolescencia programada ha llegado a todos los aspectos de nuestra vida cotidiana y, sin la cual, muchos aseguran que la sociedad, tal y como hoy la conocemos, sería inviable porque “un artículo que no se desgasta es una desgracia para los negocios”.

Con un gran despliegue de producción, el documental nos traslada incluso al vertedero de Ghana, donde llegan muchos de estos inservibles productos; y es que la directora no sólo ofrece una reveladora visión de cómo las grandes empresas van mermando la utilidad de sus productos al tiempo que merman también nuestra calidad de vida, sino que además hace hincapié en los repercusiones que tiene este hecho en el medio ambiente. Así, usando a Ghana como excusa, la obra nos ofrece una interesante comparativa entre la mentalidad de los países del tercer mundo con los lugares más desarrollados del planeta; una disyuntiva entre la que los países más avanzados salen peor parados, puesto que son los que verdaderamente no aprecian el valor de las cosas. En Ghana, como sucede en muchos países subdesarrollados, se esfuerzan en cultivar la teoría del reciclaje, así como la de reparar aquellos productos que han dejado de tener vida útil, mientras que aquí los desechamos a la menor ocasión, dejando a relucir nuestro estilo de vida despilfarrador y consumista.

A través de imágenes de archivo, documentos de la época y atractivos testimonios (de periodistas, informáticos, historiadores o activistas ambientales), el documental mantiene hipnotizado al espectador de principio a fin; algo a lo que contribuye su lenguaje claro, llano y directo, así como la capacidad que tiene la guionista de explicar los conceptos más completos de macroeconomía a través de un estilo tan sencillo como asequible para todo tipo de público; un público que comprenderá que frases como “si la felicidad dependiera del nivel de consumo, deberíamos ser absolutamente felices”, encierran más verdad de la que pensamos. También destaca lo bien estructurada que está la historia y su extraordinario trabajo de montaje que no sigue un orden cronológico, sino que ofrece cada imagen en el momento oportuno para dar significado al conjunto. Así se explica la historia de un joven que aspira a buscar el chip oculto de su impresora responsable de su progresivo desgaste y, cuya resolución, se ofrece justo al final del documental. Es, además, otro de los ejemplos prácticos y con el que todo el mundo se puede sentir identificado que se ofrecen. 

En la línea de La historia de las cosas (Louis Fox, 2007), otro estimulante trabajo acerca del ciclo de vida de bienes y servicios, Comprar, tirar, comprar sirve para desmontrar el mito de compañías como Apple, que se jactan de ser más modernas y avanzadas que cualquier otra al tiempo que reducen la calidad de sus productos, algo que no deja de ser contradictorio. En este sentido podríamos considerar al presente trabajo como un ejercicio de denuncia, y puede que en el fondo sea esta la intención de un trabajo que debería ser de visionado obligatorio en todos los colegios y facultades, sobre todo en las de economía, y premiado con el Ondas al Mejor Documental. Puede que se corra el riesgo de transformar a la ingenua sociedad que nos rodea en pesimista -la sensación que deja la obra es descorazonadora-, pero sólo así lograrán entender el significado de frases como una de las últimas del film: “El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre sera demasiado pequeño para satisfacer la avaricia de algunos.”. Son palabras de Gandhi. 


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