El manantial de la doncella

Tras haber abordado algunos de los temas más recurrentes de su filmografía -el amor, la muerte, la religión, la venganza- en su film anterior El séptimo sello (1956), Ingmar Bergman rodó El manantial de la doncella (1960), una historia nuevamente ambientada en la Edad Media en la que se volvieron a dar cita todas estas cuestiones universales de marcado carácter bergmaniano. Así pues, el cineasta nos traslada a la Suecia del S.XIV, para ofrecernos la historia de una leyenda medieval según la cual emanaba un manantial de agua fresca y pura en el mismo lugar donde moría violada una virginal doncella. Bajo esta premisa se construye un relato durísimo, sustentado en los instintos más primarios e inhumanos del ser humano; una cinta repleta de significado, en la que abruma el inmenso poder de unas imágenes en su mayoría alegóricas, y movida por esa constante lucha entre el bien y el mal -aunque sería más correcto decir lo puro contra lo impuro- que ya fue el pilar vertebral de obras anteriores del maestro sueco como la mencionada El séptimo sello.

Estamos en el seno de una familia, fuertemente católica, formada principalmente por el rey Töre (Max von Sydow, actor fetiche del director) y la reina Märeta (Birgitta Valberg) y la hija de ambos, la dulce e ingenua Karin (Birgitta Pettersson). Debido a que la Iglesia queda bien lejos de su apartado y rústico hogar, Karin es propuesta para llevar las tradicionales ofrendas a la Virgen. Pero no irá sola: le acompañará Ingeri, una criada bastarda que odia a la joven. Por el camino, ambas se distancian (“el bosque está muy oscuro y yo estoy muy cansada”, le confiesa Ingeri) y Karin proseguirá su camino en solitario, convencida de que Dios la protege. Así, conocerá a tres pastores -un joven, un niño y un sordomudo-, que no dudarán en abusar sexualmente de ella para posteriormente acabar con su vida. Cuando sus padres se enteran de la desgracia -a través de una inmortal escena en la que la madre recibe, de manos del asesino de su hija, el vestido que esta llevaba al morir, mientras pronuncia abatida: “voy a preguntarle a mi esposo cuando pagar por una prenda como esta, porque yo no sé lo que puede valer, no lo sé”-, verán tambalear los cimientos de su fe, abriéndose una grieta en sus creencias, comprobando cómo su Dios ha sido incapaz de salvar a un ser inocente. El rey Töre se tomará la justicia por su propia mano, olvidando cualquier principio ético y moral, intentando restablecer su particular sentido del orden aunque para ello tenga que dejarse en el camino los pilares que han regido su existencia hasta la fecha.

En este sentido podemos observar cómo la religión, o más concretamente la fe, quedan sometidas en El manantial de la doncella, a un exhaustivo análisis por parte de un Bergman que nos plantea la siguiente pregunta: ¿cuando has perdido a lo que más quieres en la vida de la forma más injusta posible, es posible seguir confiando en un ser divino? ¿Es posible seguir rezándole con el mismo fervor cuando este ser superior ha hecho nada para impedir que te arrebaten a un trozo de tu vida tan importante? Puede que el director no responda a ninguna de estas cuestiones, pero ofrece un cóctel interesantísimo de personajes que deberán hacer frente a los trágicos acontecimientos y someterse ellos mismos a estas preguntas. Y en este sentido es donde el director despliega la mayor parte de simbología del film -como ese sapo negro que advierte que algo malo va a ocurrir, instantes antes de que Karin sea violada-, sobre todo en la lucha final en el interior de la casa del protagonista, con un fuego que representa el mismísimo infierno, el que quizá sea el destino más merecido para uno de los asesinos de su hija o, incluso, para él mismo, que ha aplicado, sin remordimientos, la Ley del Talión, un “ojo por ojo, diente por diente” muy poco acorde con sus firmes creencias religiosas y que lo condicionará para siempre. 

Pero sin duda son los minutos finales de esta obra, en la que en todo momento destaca una extraordinaria composición de los planos y una envolvente atmósfera poética, donde la película alcanza todo su esplendor, toda su esencia. Al borde de un cristalino y puro manantial, Töre, arrodillado y mirando a los cielos dice eso de: “Has consentido la muerte de una niña inocente, Señor. No te entiendo”, en una escena que recuerda al mítico fragmento en el que Scarlett O´Hara ponía a Dios por testigo en Lo que el viento se llevó (1939). Y, entonces, ese Dios cristiano, en el que han basado toda su existencia, han dedicado sus comidas y han confesado su pecados, se revelará definitivamente como alguien inepto, capaz de provocar el dolor en una familia destruida por la injusticia, por los lados más oscuros de la condición humana. Ofrecerá como recompensa, eso sí, ese río de aguas nítidas, con las que resucita esa inocencia y pureza que caracterizaban a Karin, en una escena absolutamente imborrable.

Ganadora del Oscar y el Globo de Oro a la Mejor película extranjera -entre otros muchos reconocimientos-, El manantial de la doncella sirvió de inspiración a varios directores y películas, como La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972). Obra, pues, que en su estreno fue un tanto revolucionaria, debido sobre todo al desnudo del trasero de Von Sydow -no era la primera vez que Bergman se enfrentaba a los censores, en Un verano con Mónica (1953), rodó también un desnudo femenino-, y a una forma de abordar cuestiones de tanto calado como la venganza o la muerte de la forma más sutil posible. Una obra maestra. 

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