También la lluvia

Que Icíar Bollaín siempre ha sentido curiosidad por el cine social no es ningún misterio: sus películas han girado en torno al maltrato, feminismo o inmigración. En esta ocasión, en También la lluvia (2010), la realizadora madrileña se pone al frente de su proyecto más ambicioso (un presupuesto de cinco millones de euros, miles de extras, escenas en exteriores, 70 localizaciones…) con el que pretende, dejando constancia la máxima de que “el hombre es un lobo para el hombre”, denunciar la injusta situación que se vivió en Cochabamba (Bolivia) en el año 2000 con la llamada Guerra del Agua. A través de sus dos personajes principales, el director de cine Costa (Luis Tosar) y el productor Sebastián (Gael García Bernal), que aspiran a rodar una película en la que recrear el descubrimiento de América de Cristóbal Colón, la directora va tejiendo una historia de choque culturales y de mentalidades; una historia que, a medida que avanza el metraje, se va tornando más envolvente, alzando definitivamente el vuelo el momento en el que estalla dicha guerra. Entonces, Bollaín se reafirma como una de nuestras grandes, capaz de llevar a la pantalla grande el primer guión de su carrera que no está firmado por ella (hasta ahora, había coescrito todas sus películas), sino por el guionista escocés Paul Laverty.

La pretensión de denuncia queda patente desde el primer plano, y Bollaín cumple su objetivo de forma notable. El espectador no tarda en percatarse que esa privatización del agua municipal a la que está siendo sometido el pueblo de Cochabamba y todo lo que ello origina, no es más que un paralelismo con una situación que se vivió 500 años antes: cómo la colonización en estas tierras trajo consigo una auténtica lucha por el oro -en este sentido, el retrato que se hace de Cristóbal Colón es tan realista como aterrador, nada dulcificado por el simple hecho de haber descubierto un continente-. Ahora, medio milenio después, se produce por un recurso básico para vivir como es el agua, ahora vendida a multinacionales y privando a sus habitantes incluso del derecho de a recoger el agua de la lluvia, de ahí el título del film (“no tienen derecho a cerrar ese pozo. ¿Ahora qué nos van a quitar, el aire?”, apunta una lugareña ante una situación en la que su propia impotencia traspasa la pantalla y hace creíble el conflicto). Ni Costa ni Sebastián estaban preparados para una situación como la que empieza a originarse en el país y deberán hacerle frente de la mejor manera posible, a pesar de que algunos de su equipo técnico amenazan con abandonar el país por la salvajes revueltas (“lo siento pero esto me da mucho miedo, quiero un billete para volver a casa ya”, amenaza el personaje de Fray Bartolomé de las Casas, interpretado de forma soberbia por Carlos Santos). Ojo también a la brillante interpretación-monólogo de Raúl Arévalo, poniendo unas necesarias gotas de humor a un drama más que palpable.

Uno de los más brillantes ejemplos de metacine -y con los que la directora rinde homenaje a la gente que hace cine y deben hacer frente a las dificultades de un rodaje-, la película suma varios méritos: aparte de la banda sonora de Alberto Iglesias, que aquí firma una partitura en búsqueda constante de la emoción interior, las grandes bazas de También la lluvia son sus poderosas interpretaciones (Luis Tosar se reafirma como el mejor actor español de la actualidad y García Bernal vuelve a entregarse por completo) y una nítida fotografía obra de Álex Catalán; una fotografía que otorga grandiosidad al proyecto y con la que se plasma, con infinita sensibilidad, cada uno de los rincones de este lugar, sus bellos parajes y sus miserias. El film peca, eso sí, de una abuso excesivo de la cámara doméstica al comienzo del relato o de algún que otro giro de guión poco creíble, como el que se produce en la recta final de la película en un intento surrealista con el que se pretende humanizar a un Luis Tosar que en todo momento aparece definido como una persona insensible y falto de tacto. “Sebastián, hay cosas más importantes que tu película”, le espeta un actor de su propia película, en una de las frases que mejor resumen el espíritu que impregna toda la trama y una escena en la que el director se ve incapaz de comprender la psicología humana.

A pesar de que la presentación de los personajes es algo difusa, y que su primera media hora el film no termina de encontrar su lugar, en cuanto estalla la guerra la película logra altas cotas de genialidad. Me refiero a escenas tan memorables como el duelo dialéctico de primera nivel entre Costa y Sebastián con el Alcalde de Cochabamba, un fragmento vital. “No quiero ser maleducado, pero una persona que gana 2 dólares al día no puede soportar un aumento del precio del agua de un 300%”, le espeta Sebastián, a lo que el político, impasible, responde: “¿no es eso lo que ustedes pagan a los extras de su película?”. Una escena capital, sin la cual la película perdería parte de su fuerza y en la que Bollaín, aunque en un principio nos pinta al alcalde como un tirano, finalmente logra reconducir la situación y no entra en valoraciones, mostrando los hechos de forma objetiva.

Dedicada a Howard Zinn -un historiador de izquierdas amigo del guionista, que murió poco antes de terminar el rodaje-, la película cobra aún más fuerza por su vigencia en la actualidad. Aún hoy existen explotadores y explotados, pueblos en los que la injusticia social es el pan de cada día. Porque la verdadera denuncia del film es la perversa globalización que ejercen los países avanzados en los que están en vías de desarrollo, un capitalismo que aquí se nos presenta como el enemigo número uno. Y es que, tal y como dice Tosar en un momento determinado: “todo se soluciona con dinero”. En Cochabamba, desde luego que sí. 

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4 pensamientos en “También la lluvia

  1. Extraordinaria película, me gustó muchísimo, crítica social sobre el país sudamericano, y buen plantel interpretativo, sobre todo Luis Tosar. Fantástica película

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