Eduardo Manostijeras

“¿Por qué está nevando abuela?, ¿de donde viene la nieve?…”  Con esta conversación entre una nieta y su abuela da comienzo una de las más bellas fábulas jamás rodadas, un cuento para adultos tremendamente enternecedor, simbólico y fantástico. Porque Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990), más allá del hecho de que su protagonista (un Johnny Depp en la que fue la primera genial colaboración con un director que luego lo convertiría en su actor fetiche) tenga tijeras en lugar de manos -debido a que es obra de un inventor, que murió antes de finalizar su proyecto, en una clara referencia a títulos como Frankenstein, de Mary Shelley-, se esconde una de las más ácidas críticas sociales que dio el cine en la década de los 90. Burton, en la que es la gran obra maestra de su filmografía, dejó patente su particular universo cinematográfico en una película marcada por unas texturas, colores y composiciones visuales que rompían con todo lo establecido hasta la fecha y que revelaron al director como uno de los directores más innovadores, lúcidos y trasgresores del momento, consagrado con obras posteriores como “Pesadilla antes de Navidad” (1993) -en la función de productor- o Sleepy hollow (1999), de ambientación casi idéntica. Se trata, además, de su película más personal, casi autobiográfica, puesto que Edward es el propio reflejo de un cineasta que desde joven, y debido sobre todo a su excéntrica personalidad, se sintió marginado y con dificultades para establecer relaciones sociales.

Edward, que vive apartado en un gótico y oscuro castillo, será rescatado de su solitaria vida por Peg (Dianne Wiest), una mujer que lo llevará a vivir con su familia y a través de la cual el tímido muchacho empezará a tener contacto con el mundo real; un mundo, el que aquí se nos presenta, habitado por chismosos (“Acabo de ver un tipo extraño con Bert”, le dice por teléfono una vecina a otra), por personas que basan su vida en criticar al prójimo, por gente que da más importancia al físico que a los sentimientos de las personas. Y aquí es donde Burton lanza su particular dardo envenenado: el hecho de construir una historia cuyo carismático protagonista rompa con todo código convencional no es más que una mera excusa para destripar una sociedad podrida, amante de lo superficial y más preocupada de las apariencias que de cualquier otro aspecto. En este sentido nada es casual: ni las llamadas telefónicas del comienzo del film entre las vecinas del barrio, ni la aglomeración de personas en la casa de Peg para descubrir a ese nuevo y “extraño” inquilino… ni siquiera resulta circunstancial que la profesión de la protagonista sea de representante de cosméticos, toda una metáfora de una comunidad más preocupada por maquillar el aspecto exterior (esta es al principal función de escenas tan esperpénticas como en las que Peg está aplicando toda clase de potinges y cosméticos a Edward) que en cuidar su interior.

En su nueva vida, en una sociedad no hecha a su medida, el singular protagonista no lo tendrá nada fácil para adaptarse. En esta línea, el director aprovecha para rodar algunas de las escenas más cómicas del film -momento cuando Edward pincha la cama de agua con sus manos, cuando se sorprende mirándose al espejo o cuando intenta vestirse por sí solo, sin éxito-. Además, junto con la perplejidad que este ser fuera de lo común provocará en el vecindario, Peg deberá luchar contra sus propios hijos para que no discriminen al recién llegado; especialmente significativas son frases como: “Kevin, es de mala educación mirar fijamente. Imaga cómo te sentirías si alguien te mirase así”, le reprocha a su hijo; a su hija, que más tarde acabará enamorándose de Edward demostrando que el amor es más fuerte que cualquier prototipo, por extravagante que sea, le aconseja: “Él no tiene la culpa de ser así; tienes que tratar de comprenderlo”; dos frases que resumen el espíritu de una película en la que Burton crea un hábil híbrido entre comedia, drama, historia de amor y mensaje social, reconduciendo una película que en sus primeros minutos, desarrollados en el interior de la castillo encantado del protagonista, suma tintes siniestros, oscuros… incluso de terror. Un hecho que, no obstante, no evita su condición de película familiar, a pesar de que serán los adultos -inteligentes- los que logren captar toda su esencia y la profundidad de su contenido.

Película de imaginación desbordante, no cabe duda que Eduardo manostijeras –nominada al Oscar al Mejor Maquillaje- es una de las historias más originales y poderosas que ha dado la gran pantalla, a pesar de que en su estreno no estuviese tan valorada como merecía. Los fragmentos antológicos que nos regala esta obra de culto son casi innumerables, y casi todos van ligados a una profunda sensibilidad que es la que mueve todo el metraje: imborrables son las escenas en las que Edward ve a Kim por primera vez en una fotografía, esos instantes en los que está cortando los árboles del jardín o, sin duda, la que ha pasado para la posterioridad como una de las escenas más iconográficas del séptimo arte: una Winona Ryder (que, por cierto, tarda en aparecer físicamente casi 40 minutos… un atípico detalle de una también atípica historia de amor) bailando bajo la nieve, comprendiendo que lo que está sintiendo en ese momento es algo flamante, novedoso… entendiendo que se ha enamorado de la persona que menos podría imaginar y a la que dice, desarmada, eso de: “Abrázame”. Pero él, un Johnny Depp que logra convertir cada gesto y cada mirada en una riada de emociones, no puede. Maravilloso. 

Otro de los aspectos destacables de la película -cuya cuidada ambientación,repleta de colores contrastados y vivos evocan, inevitablemente, a Almodóvar- es la conmovedora banda sonora del maestro Danny Elfman, sin la cual la película no poseería ni la mitad de encanto que desprende y de la que se apoya para realzar los momentos cumbres, como ese legendario final. Pero lo que hace grande a Eduardo Manostijeras es el momento en que todos lo que lo criticaban, lo consideraban alguien “anormal“, casi un “monstruo“, empiezan a recurrir a él, a una persona que se erige como un experto en diversos campos como la jardinería o la peluquería. Se demuestra así que los seres menos habituales suelen esconder, a menudo, unas habilidades que el resto de los mortales no pueden ni siquiera imaginar; unos mortales que, sorprendentemente, son los verdaderos monstruos de esta película. 

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4 pensamientos en “Eduardo Manostijeras

  1. Es la película más hermosa, triste, y crítica a la sociedad que he visto sobre la vida de un chico inadaptado que no conecta debido a la hipócrita gente que vive alrededor de él. Ambiente timburtoniano, y un Johnny Deep sublime. Habla mi parte fan de Burton.

    • jaja, sabía que esta película te iba a gustar! De todas las de Tim Burton es mi favorita, sin duda. A pesar de que luego ha hecho películas más colosales, con más efectos especiales -3D incluido- ésta siempre será su obra capital. De acuerdo con todo lo que dices, es más o menos lo que expreso en mi crítica. Un abrazo.

  2. Esperpéntica y genial! Si eres fan de los cuentos como yo, es una historia ideal. Visualmente deliciosa y con un drama que mezclado con el sentido del humor es enternecedor y contenido. Una obra que ya forma parte de los clásicos del cine, y quién lo iba a decir!!!

    • Opino como tú!! Fue la primera colaboración entre su protagonista y su director… y la jugada salió redonda. Creo que el sentido del humor que tú apuntas es muy importante en la historia para que al espectador le resulte simpático el personaje. Una película muy muy muy tierna.

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