El maquinista de la General

En la década de los 20 y los 30, era frecuente comparar a las dos grandes figuras del cine mudo del momento: Charles Chaplin y Buster Keaton;. No sólo porque ambos eran dos de los cineastas más ingeniosos y carismáticos de la época, sino porque además a menudo compartían temática y el argumento de sus películas se apoyaban en el mismo leit motiv: la lucha del hombre contra la máquina. En Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1935) fuimos testigos de escenas tan iconográficas de la historia del cine como aquella en la que Charlot acaba engullido por los engranajes de la máquina; escena que bebe, inevitablemente, de varios fragmentos de El maquinista de la general (Buster Keaton, 1927), en la que el protagonista se tiene que enfrentar, en plena vía de tren, a una locomotora que parece tener vida propia. A menudo se ha escrito que la principal diferencia entre ambos autores es que mientras Chaplin se enfrentaba a la adversidad y trataba de encontrar una solución, Keaton tan sólo la sufría. En esta ocasión, éste último encarna a Johnnie Gray, un hombre sencillo y sin recursos que, en un acto continuo de valentía, se pasa los 75 minutos de metraje intentando recuperar las dos cosas que más quiere en la vida: su locomotora (la General, que aquí funciona como el gran protagonista de la función) y su amada Anabelle (Marion Mack), llegando incluso a jugarse la vida en dicha aventura.

El maquinista de la General, una película que pese a la gran envergadura del proyecto fue un fracaso comercial en su época, no sólo es una de las últimas obras maestras del genio, sino que además fue tremendamente innovadora para la época: Por un lado, no sólo consiguió encajar todos esos golpes de humor en forma de gags como si fueran un conjunto, como si estuvieran integradas en el discurso de la narración, sino que además supuso todo un hito en cuanto a efectos especiales, como bien demuestra la escena final del puente, en una película que derrocha imaginación, talento y fantasía por los cuatro costados. 

Es un placer observar todas las situaciones embarazosas a las que tiene que hacer frente Johnnie Gray a lo largo del metraje, entre las que merece la pena destacar aquella en la que termina sentado en la biela de la locomotora. Una escena de un realismo apabullante, en la que el propio actor -también director y guionista- demostró su excelente forma física y su capacidad para realizar acrobacias de todo tipo. Y es que Keaton, que no admitió dobles en esta película y se encargó él mismo de realizar la totalidad de las escenas de la misma, realizó un film que bien podría ser catalogado como una de las primeras superproducciones del celuloide -explosiones, cientos de extras, carreras de caballos…-, empleando unos medios técnicos prácticamente sin precedentes en el cine de entonces. 

Con cierto aroma a western, la película podría ser dividida en dos grandes bloques, siendo el primer de ellos, a mi juicio, superior, a pesar de que en el segundo tienen lugar las escenas más visualmente impactantes. La primera mitad del film corresponde al momento en el que Johnnie es rechazado a la hora de alistarse para luchar en la Guerra de Secesión -contexto histórico en el que desarrolla la trama-, porque le apuntan que resulta mucho más útil como maquinista. Su mujer, casi avergonzada de él y desconociendo los motivos por los que su amado no ha ido a combate, le advierte: “no vuelvas a hablarme hasta que no lleves puesto el uniforme”. Poco después, es secuestrada. En este primer fragmento del film se vivirán las aventuras que deberá vivir el protagonista para salvar a Anabelle, y cuando esto suceda acabará comprendiendo que su amado es un héroe que se ha jugado incluso su vida por rescatarla. Así concluye, con un muy acertado fundido a negro, esta primera mitad de la película y da comienzo la segunda parte en la que se vivirá una auténtica lucha entre el ejército y la pareja, y en la que también se producen momentos tan emblemáticos y divertidos como cuando introduce a su novia en un saco.

De rodaje complicadísimo, sobre todo porque casi la totalidad de escenas están rodadas en exteriores, Keaton empezó a preparar el film un año antes de su grabación para que todo saliese lo más perfecto posible. Y así fue cómo consiguió la gran pieza cumbre de su filmografía; una película con poquísimo texto, ajena al paso del tiempo, con unas escenas de acción que aún impactan por su complejidad cinematográfica, puramente visual y apoyada de manera prodigiosa en una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine.

Regalándonos imágenes tan inmortales como en la que aparece sentado en las ruedas del ferrocaril al comienzo de la película (y que es inevitable comparar con la escena de los engranajes de Tiempos Modernos a la que antes hacíamos referencia), Keaton se confirmó con esta película como un cómico de primer nivel. Ayudado por su carismática caracterización -tirantes y pajarita-, consigue que el público se encariñara con uno de los personajes más entrañables de cuantos ha dado la gran pantalla; una función de gran sentido poético que cumple su misión más primaria en todo momento: hacer reír. Y eso no es nada fácil. 

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