Furtivos

Furtivos (José Luis Borau, 1975), una de las película-bisagra más representativas entre la dictadura que padeció España desde 1939 y 1975 y la llegada de la democracia, constituye la gran obra maestra del director zaragozano. Uno de los títulos más duros no sólo de la última época franquista, sino de cuantos ha realizado el cine español, Borau escandalizó a la sociedad de la época con una ficción que aún hoy impacta por su crudeza. En pleno S.XXI es incomprensible cómo, debido a la gran cantidad de espinosos temas a los que hace referencia (el reflejo de la España profunda, las críticas al régimen, desnudos, insultos, incesto…), Furtivos pudiera verse en nuestro país por aquellos años. Aunque la realidad es que la censura intentó prohibir su distribución por todos los medios. Y, en efecto, las autoridades franquistas lograron impedir su exhibición en festivales como Cannes o Berlín, pero no pudieron evitar que Furtivos compitiese en el Festival de San Sebastián, donde se alzó con la Concha de Oro a la Mejor Película. Era el comienzo de su imparable éxito, de crítica y público. 

La historia gira en torno a la una tormentosa relación que mantienen Martina (Lola Gaos) y Ángel (Ovidi Montllor), madre e hijo, los cuales viven apartados de la civilización en una pequeña casa en el monte, excusa que aprovecha el director para mostrar las entrañas de una sociedad rural podrida y seriamente dañada en sus necesidades básicas por una forma de gobierno que había convertido a España en uno de los países más atrasados de la época. En uno de sus viajes a la ciudad, Ángel conoce a Milagros (Alicia Sánchez), una mujer de la que se enamora el instante y que cambiará su rutinaria vida de cazador -es especialmente significativo que al poco de conocerse el director haga uso de la canción “Un rayo de sol”, de Los Diablos-. Poco después, el joven no duda en llevarla a vivir a su casa, donde no será bien recibida por Martina. La madre de Ángel no duda en tratar a la nueva inquilina, a la que ve como una intrusa y una enemiga a batir por el amor a su hijo, con todo el desprecio y el odio del mundo, dejando entrever su amargo y áspero carácter. Se desvela así uno de los aspectos cruciales de la película y por la que en su día fue considerada carne de censura: una relación tan sumamente protectora de la madre hacia el hijo tan sospechosa como inquietante.

La interpretación de la enorme Lola Gaos es, junto con la magnífica fotografía de Luis Cuadrado, lo más destacable de la película. A pesar de su extensa carrera cinematográfica, la carismática actriz debió de estarle agradecida de por vida a su papel de Martina, ya que gracias a su capacidad de devorar cada uno de los planos en donde hace acto de presencia, se reveló al mundo como una de las grandes. Estremece, casi cuarenta años después, seguir oyendo su característica voz ronca, observar todo lo que dicen sus ojos… en una actuación prodigiosa y por la que aún hoy es recordada. El polémico instante en el que mata, a sangre fría, a un perro sigue poniendo la carne de gallina. Y es que Gaos da vida a una auténtica loba, fiera e indómita (la escena en la que su hijo le echa por la fuerza de la habitación estremece por su realismo), que luchará con uñas y dientes para mantener a su hijo cerca de ella y alejado de cualquier compañía femenina que no sea la suya propia. En esta línea, reveladora -e incendiaria- resulta la escena en el que la propia madre empieza a desnudar a su hijo en la habitación o en esa otra en la que le abofetea, poseída por los celos, como si el hecho de haber llevado a Milagros a vivir al hogar familiar fuese equiparable con una infidelidad.

Sirve esta película como un extraordinario retrato de la época: refleja como pocas la hambruna, la pobreza, la vida atrasada respecto a otros países del momento, incluso aspectos tan deleznables como el machismo más conservador. Imprescindibles son los momentos de Martina cocinando y sirviendo la comida a los cazadores del lugar, o el momento en el que su hijo le presenta a Milagros como: “una buena chica, incluso sabe coser”, como si el saber coser fuese sinónimo de ser buena persona. Cómo no, tampoco faltan los típicos desnudos femeninos de la época -metidos con calzador-, que fueron la antesala del ulteriormente conocido cine del destape. 

Obra adelantadísima a su tiempo, de inusitado poderío visual, implacablemente seca, estamos ante un título que se debate en todo momento entre lo salvaje y lo tierno. Película que demuestra que el cine español, con grandes dosis de talento y grandes intérpretes (atención también al gran Ismael Merlo en el papel de cura), logra auténticas piezas de coleccionista. Un hecho a lo que contribuye, sin duda, uno de los grandes aciertos de Borau: no mostrar explícitamente los acontecimientos vitales para el transcurso de la trama; esos momentos en los que los personajes se matan unos a otros. Porque lo que hace grande a Furtivos es que es una obra que considera al espectador inteligente, le invita a la reflexión a través de unas elipsis de tiempo hábilmente dosificadas y un final, de aliento épico, de los que hacen época. 

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