La mujer infiel

Cinco años después de que François Truffaut retratara el mundo de la infidelidad en La piel suave (1964), otro gran representante de la Nouvelle Vague -y uno de los más prolíficos, llegando a dirigir una o dos películas al año- lo volvió a abordar en La mujer infiel (Claude Chabrol, 1969). Y es que ambas películas, innovadoras en su época, no sólo comparten esencia temática -a pesar de que en la obra que hoy nos ocupa sea la mujer la que le es infiel al hombre, al contrario que en La Piel Suave, sino que además presentan otras muchas similitudes. En primer lugar, las dos obras cuentan con tintes del mejor cine negro, incluso de thriller -en el caso de Chabrol, este fue el género que marcó toda su filmografía-. En segundo lugar, en su intento por abordar el drama de una infidelidad, ambos directores toman como protagonista una pareja casada con un hijo pequeño -algo no casual, puesto que lo que pretenden denunciar es que éstas son las víctimas más indefensas ante este drama-. Y, por último, también tienen en común esa feroz crítica a la burguesía; a esas familias de elevada clase social, que presumen de grandes mansiones y buena posición económica, pero que en el fondo, en lo más profundo de su condición humana, están podridos. En este sentido, podemos concluir que tanto Truffaut como Chabrol son herederos directos -y contemporáneos- de una de las temáticas de Luis Buñuel, que ya exploró las miserias de la clase burguesa en obras como El ángel exterminador (1962) y, más tarde, en El discreto encanto de la burguesía (1972).

Claude Chabrol decía: “defiendo las tramas simples con personajes complicados”, y podemos atestiguar que en La mujer infiel cumple con su máxima: nos encontramos ante un argumento que podría resumirse en una línea, hoy día mil veces visto, pero que en su época fue transgresor y que Chabrol compensa con una excelente radiografía de los personajes, con un perfecto estudio psicológico por el que podemos apreciar su enrevesada condición humana.  Charles Desvallées (Michel Bouquet) lleva una vida acomodada con su esposa desde hace once años, Helene (Stephane Audran, esposa del director por aquel entonces y una de sus musas) y su hijo, pero todo cambiará cuando empiece a sospechar que su mujer lo engaña con otro hombre. Poco después, y tras contactar con un detective, el hombre ve confirmadas sus sospechas y no dudará en personificarse en la casa del amante de su mujer (Maurice Ronet); un encuentro que tendrá consecuencias trágicas y que será el gran punto de inflexión del relato, además de la gran escena del film. Como podemos apreciar, tal y como sucedía en Los primos (1959) -su segunda película-, Chabrol vuelve a apostar por un trío protagonista para una de sus obras, algo que se convertirá en una constante en su cine, al igual que el sacar a la luz esa pérdida de los valores morales y de la dignidad imperantes en la clase burguesa y que En la mujer infiel cobran su máxima expresión hasta la fecha. El cénit de su crítica a esta clase social llegaría con La ceremonia (1995), rodada casi treinta años después.

Apostando por un cine meramente visual, en el que las miradas de los protagonista dice mucho más que los escasos diálogos de la obra, Chabrol construye un relato en el que confluyen, además del cine negro y el thriller, ecos del mejor suspense -algo no de extrañar sabiendo que Hitchcock era, además de uno de sus directores predilectos, su fuente de inspiración-. Tras esa escena que abre la película en la que el director nos muestra esa imagen de familia feliz y la vida despreocupada de esta familia, Chabrol comienza a regalarnos escenas como la visita de Charles al amante de su esposa -de 15 minutos de duración-, en la que en todo momento se respira una tensión casi palpable, desembocando en un terrible acto -un acto que, dicho sea de paso, además de haber sufrido el paso del tiempo, no queda a la altura del resto del film- . Anteriormente, Charles se había reunido con un investigador privado, en otra de las escenas en las que se respira el mejor suspense, al que le había encomendado una misión: “Me gustaría saber lo que hace mi mujer, a dónde va, a quién ve… Sospecho que ella me está siendo infiel y quiero saber el nombre del amante. Quiero saber quién es”. 

Uno de los últimos supervivientes de la Nouvelle Vague como lo fue Claude Chabrol -y que también es guionista del film- nos ofrece una obra que se caracteriza por un tono intimista en todo momento, tanto por la forma, la música y la estética. Y, curiosamente, logra que nos identifiquemos al máximo con el protagonista sin necesidad de haber tenido que vivir una situación tan desagradable: el cineasta consigue que el espectador entienda a un personaje que, cuando ve cómo la armonía de su vida es dilapidada y que lo más quería en el mundo le ha traicionado -con el giro radical a su existencia que esto conlleva-, saca lo peor de sí, transformándose en un ser completamente irracional y llegando a sacar su lado más amoral. Este hecho queda muy bien reflejado en una película en la que, sobre todo, destaca su inesperado final; un desenlace abierto que plantea multitud de interrogantes que el propio espectador deberá resolver y en el que destaca ese portentoso travelling del primer plano de Helene caminando por el jardín, increíblemente revelador y significativo.

En definitiva, La mujer infiel es uno de los títulos más importantes de la carrera del maestro Chabrol. No sólo por sus constantes referencias simbólicas -la escena de la lluvia, como elemento purificador, cuando Helena sale de visitar a su amante; el puzzle al que le falta una pieza, ese mayúsculo mechero regalo del tercer aniversario de bodas, esa escena de Charles observando a su esposa desenfocada a través de la ventana… etc-, sino también por atestiguar como una existencia basada en los caprichos y sustentada en los grandes lujos no es sinónimo de felicidad. Nada de esto es lo suficientemente férreo y consistente ante el ciclón de una pasión que trata de encontrar su sitio fuera de la monotonía, de la rutina conyugal. ¿Dinero? Mucho. ¿Dignidad? Juzguen ustedes mismos. 

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