El diablo sobre ruedas

Antes de que Steven Spielberg aterrorizara a los bañistas de medio mundo con Tiburón (1975), resucitase a los dinosaurios en Jurassic Park (1993) o nos enfrentase a una invasión alienígena en la incomprendida La guerra de los mundos (2005), el realizador firmó El diablo sobre ruedas (1971), una opera prima con la que provocó el pánico -literal- en los conductores de toda América. En la que fue su carta de presentación al mundo -y el comienzo de una fulgurante carrera cinematográfica- Spielberg empezó a jugar con los miedos más primarios del ser humano, marcando algunas de las señas de identidad en las que más tarde se sustentaría su cine como esa permanente la lucha entre el bien y el mal. El director logra pararnos el corazón con una historia simple -pero solvente y eficaz a la vez- que tiene como protagonista a un padre de familia, David (Dennis Weaver), que se dirige, en coche, a una entrevista de trabajo a través de las áridas carreteras de California. Con lo que no cuenta es que un viejo camión cisterna se interpondrá en su camino…convirtiendo el viaje en su peor pesadilla. 

Considerada una de las primeras y más prestigiosas road movies de la historia, El diablo sobre ruedas constituye hoy todo un título de culto y una obra clave del cine de la década de los 70. Filmada originalmente para televisión -con una versión de apenas 70 minutos y un ínfimo presupuesto- debido a su éxito los productores invirtieron más dinero, rodando nuevas escenas y siendo finalmente estrenada en cines, con una espectacular acogida. La versión final, de 90 minutos, es todo un prodigio en cuanto a la creación de atmósferas y ambientes que envuelven al espectador de principio a fin. Revolucionaria técnicamente -esa cámara subjetiva de los primeros minutos de metraje fue uno de los recursos más innovadores para su época, al igual que el extraordinario manejo del zoom-, la película también destaca por un increíble manejo de la cámara, que en todo momento es manejada con absoluta precisión. En efecto, Spielberg siempre encuentra el ángulo más apropiado, el tiro de cámara más idóneo para cada ocasión y el mejor encuadre de los personajes -que no son otros que el oxidado camión cisterna y el propio automóvil del protagonista, a los que el director otorga vida propia-. Se podría decir, pues, que el cineasta optimizó los escasos recursos con los que contaba a la hora de filmar una película en la que pudo demostrar el talento que poseía con tan sólo con 25 años, ofreciendo una lección de estilo apabullante que ya quisieran para sí muchas operas primas. 

Película al más puro estilo Hitchcock -de hecho bien podría haber sido dirigida por él-, esta joya del suspense contó con la colaboración de un legendario guionista del cine fantástico y de terror: Richard Matheson (“El hombre menguante”). Su función consistió, más que en la creación de diálogos -la película carece en una muy buena medida de ellos- en la creación de situaciones angustiosas, llevando al protagonista, en muchas ocasiones, al límite (basta recordar esa escena del adelantamiento o cuando el conductor del camión intenta empotrar su coche contra un tren). En ningún fragmento de la narración esta historia de persecución por carretera decae, ingeniándoselas director y guionista para sacar el máximo jugo posible a un argumento que bien podría resumirse en una sola línea. Quizá otro de los aspectos más primorosos del film, el sonido, tenga buena culpa de ello: resulta curioso como, ante la ausencia casi total de diálogos (a excepción sobre todo de las reflexiones del protagonista, entre la que destaca: “en unos minutos, sin saber cómo ni por qué, se puede cortar ese hilo del que pende tu vida; te sientes tan indefenso como si el mundo se hubiera convertido en una selva”), se recurra de una manera tan constante al sonido ambiente en la función. Imposible olvidar esas bocinas, ese violento rugir de los motores del camión… como si de alguna manera fuese un ser humano. Aunque el verdadero ser humano es quien lo conduce, a pesar de que su rostro no sea visualizado en ningún momento, en el que constituye otra de las geniales ideas del visionario director. Nos enfrenta así a lo desconocido, a algo que realmente no sabemos qué es.

¿No es realmente este enfrentamiento contra lo que no conocemos una constante en el cine de Spielberg? Las películas que he citado al principio bien podrían ser un ejemplo de esto -siendo La Guerra de los Mundos, quizá, la más significativa-, pero desde luego no es lo único que podemos extraer de una película en la que se dio los primeros broches de su personalidad cinematográfica. Ahí tenemos como protagonista a un hombre de lo más corriente -casado y con dos hijos, típico varón de familia media- enfrentado contra algo que hay que, de alguna manera, hay que destruir. Con tarántulas y serpientes de por medio -Spielberg, ese gran amante de los animales, léase el final de Indiana Jones y el Templo Maldito (1984)-, tampoco están colocados por casualidad esos niños, tanto los propios vástagos del protagonista como los del autobús escolar. Basta recordar el carácter familiar al que, inevitablemente, va asociado un Spielberg cuya buena parte de su filmografía la protagonizan adolescentes (Caballo de batalla -2011-,  ET. El extraterrestre -1982-…).

Otro rasgo que conviene citar es cómo el director nos aterroriza a plena luz del día. En efecto, estamos ante un film exclusivamente diurno, asfixiante, donde el ambiente desértico y las altas temperaturas logran traspasar la pantalla y apoderarse del espectador. Además, por tratarse de Spielberg se le perdona el principal problema de credibilidad de film: ni rastro de más coches por la carretera. Vale que son caminos casi desérticos, pero tampoco estamos en mitad del Sáhara. Y digo el principal problema porque no comparto esa crítica generalizada en cuanto a la trama de que David debía haberse dado media vuelta y regresar a su hogar, evitando así enfrentarse contra su enemigo. En este sentido, la conversación telefónica que mantiene con su mujer al principio de la función resulta especialmente significativa y por la que entenderemos que lo que menos necesita el protagonista es huir. Es preciso que se enfrente a la adversidad, con valentía y coraje, aunque ello pueda suponer tanto la victoria como el fracaso. Y el final, en este sentido, es espectacular. 

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