La última primavera

Hay películas que nos conquistan sin que encierren grandes pretensiones, sin necesidad de que estén alardeando continuamente de sus efectos especiales o, simplemente, con un argumento que bien podría resumirse en un par de líneas. Algunas obras nos marcan para siempre, además, sin que por eso deban de ser necesariamente grandes obras. La última primavera (Charles Dance, 2004), en este sentido, se erige como el ejemplo perfecto. Desconocida por el gran público, lo cierto es que esta cinta británica encierra tantas virtudes que la convierten en una de mis películas preferidas; quizá por su infinita sensibilidad, por retratar como pocas el anhelo de un sueño imposible, por reivindicar un tipo de cine -cada vez más escaso- basado en la teatralidad de la función… o quizá por todas estas razones a la vez. El debut en la dirección del actor Charles Dance supuso el recuperar el aroma de los cuentos clásicos de toda la vida, algo que queda patente desde los títulos de crédito iniciales -esos fotogramas transformados en bellas estampas- de una película hermosísima en todos los aspectos.

Adaptando un relato breve de William J.Locke, la película se ambienta en un pequeño pueblo costero en la Inglaterra de 1936, una época prebélica y convulsa en Europa. En dicha localidad residen las hermanas Janet (Maggie Smith) y Ursula Widdington (Judi Dench), que tras una noche de tormenta verán interrumpida su apacible y tranquila existencia tras rescatar a un náufrago a las orillas del mar. De nombre Andrea Marowski (Daniel Brühl), el joven, que no recuerda nada de lo sucedido y que más tarde se revelerá como un extraordinario violinista, pasará a estar al cuidado de las hogareñas hermanas, especialmente de Ursula, que empezará a sentir por el joven algo más que adoración, y verá en él la oportunidad de llevar a la práctica algo que la vida siempre le ha privado: el derecho a amar. La llegada de Olga (Natascha McElhone) al pueblo, una bella pintora que se sentirá fascinada por las dotes artísticas del polaco nada más conocerlo y a la que su rival llega a calificar como “una bruja de un cuento de hadas”, no facilitará mucho las cosas…otorgando a los acontecimientos un rumbo tan fascinante como inesperado. 

El gran mérito de esta joya británica es, además de su inequívoca condición de cine familiar, la presencia de dos de las damas de la actuación más importantes de todos los tiempos: las colosales Judi Dench y Maggie Smith que nos regalan un más que potente duelo interpretativo. Estas dos leyendas vivas sustentan todo el peso de una película hecha para el disfrute de los amantes de las historias sencillas, sin que ello suponga el renunciar a un trasfondo que le otorga a la cinta un inmenso poder: esa oportunidad de vivir una vida nunca antes vivida, una nueva ocasión de ilusionarse a pesar de los años o de demostrar que siempre hay sitio para la esperanza… mientras se recuerda un pasado que no pudo ser. Ver a la ganadora del Oscar Judi Dench en escena es un lujo para cualquier aficionado al cine, pero en este papel, cual quinceañera enamorada, está simplemente sublime. Cómo olvidar esas escenas de la actriz paseando con el joven violinista por la orilla de la playa, emocionándose oyéndole tocar, cuidándole como si fuese su propio hijo… mientras ve nacer en su interior una sensación que ya considerada caduca.

Aunque sí es cierto que la película no ahonda en muchas de sus temáticas, incluido ese contexto de entreguerras en el que se desarrolla la acción, también es verdad que no lo necesita. Basta con esas dulces pinceladas con el que el director impregna una eficaz historia en la que la radio era prácticamente la única forma de comunicación en la distancia y a través de la cual las personas se mantenían informadas de todo lo que acontecía en el exterior. En este sentido, la película hace una función notable: suficiente con disfrutar con esa impecable escena final del concierto de Andrea mientras todos sus amigos y vecinos se emocionan escuchándolo alrededor del aparato, a cientos de kilómetros de distancia. Será cuando otro de los aspectos vitales de la cinta, la música (con partituras de Johann Sebastian Bach), alcance todo su esplendor sirviendo como un extraordinario vehículo de emociones que atrapa al espectador. 

Y es aquí, en estos últimos minutos de metraje, donde la película logra las más altas cotas de emoción, logrando penetrar en lo más hondo del cinéfilo. Haciendo uso de recursos como el flashback y la propia música diegética -en un primer plano desgarrador-, Dance consigue filmar algunos de los minutos más bellos del cine británico jamás rodados, de cómo ante los ojos de una mujer, de una dama, pueden condensarse toda la esencia del film, todo el aroma de la más cruel de las frustraciones. Y es que ya quisieran muchas cintas, hoy día, encerrar la milésima parte de corazón y autenticidad que posee La última primavera. Y verdad.

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