Tarde de perros

Cuando hablamos de Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) resulta inevitable compararla con otra de sus más grandes predecesoras en materia de atracos como es Atraco perfecto (Stanley Kubrick, 1956)Y, aunque ambas películas comparten esta esencia temática, lo cierto es que a la vez presentan notables diferencias. Mientras que en la obra de Kubrick los atracadores se servían de un estratégico plan milimétricamente estudiado para conseguir su objetivo, en Tarde de perros los asaltantes son tres inexpertos. Asimismo, si la obra del director de El resplandor estaba encuadrada dentro del ámbito de la ficción, la película de Lumet se encuentra basada en un insólito caso real ocurrido en 1972. Además, mientras el grupo de delincuentes del film de Kubrick llevan a cabo su plan en un hipódromo, la acción de la película que hoy nos ocupa se desarrolla en una sucursal bancaria. Por último, Tarde de perros es mucho más inclasificable que su predecesora al tratarse de una película que combina, hábilmente, drama, conflicto social, acción policial, acertados golpes de humor y elementos del mejor thriller.

El director de la extraordinaria 12 hombres sin piedad (1957) -su debut cinematográfico- rodó casi veinte años después Tarde de perros, cuya historia comienza cuando Sonny (Al Pacino, inconmensurable) decide atracar un banco de Brooklyn, en compañía de otros dos jóvenes inexpertos, uno de ellos llamado Salvatore (John Cazale). Pero los acontecimientos no salen como están previstos -se encuentran con que no hay dinero en la caja fuerte y sufren el abandono de uno de los atracadores en plena acción, entre otras circunstancias-, y lo que en un principio prometía ser un atraco de diez minutos acaba por convertirse en un gran espectáculo mediatizado, en un dantesco panorama de horas de duración. Y es que, aunque la temática vertebral de la cinta es el robo en sí, llega un punto determinado en el que debido a las vivencias personales de los personajes y lo espléndidamente trazados y dibujados que están, ésta pasa a ocupar un plano secundario. De esto se deriva otro de los aspectos más loables del film: la facilidad con la que el espectador empatiza con el personaje de Al Pacino (gracias sobre todo a sus afilados y punzantes diálogos tipo: “Soy católico y no quiero hacer daño a nadie”), al igual que lo hacen la multitud que se agolpa en el exterior del banco que incluso llegan a gritar: “¡Sonny, te queremos!”. 

Rodada con un presupuesto ínfimo y ganadora del Oscar al Mejor Guión (además de otras 5 nominaciones, Mejor Película y Mejor Director incluidas), merece la pena destacar la gran carta de crítica social que en todo momento subyace en la película. Por un lado, contra las instituciones policiales, que se revelan como un cuerpo ineficiente en casos en los que se requiere astucia, inteligencia y habilidad como en el de un secuestro. Por otro lado, asuntos tan espinosos para la época como lo eran la homosexualidad y transexualidad -que más tarde recuperó por todo lo alto El silencio de los corderos (1991)- cobran una importancia vital en el desarrollo de la acción cuando se descubre que la pareja de Sonny es Leon (Chris Sarandon), un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, en un genial golpe de efecto. Pocas veces hasta la fecha, a excepción de títulos tan significativos como Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969), estas realidades sociales habían quedado tan patentes en cine -si bien en la obra protagonizada por Dustin Hoffman y Jon Voight no eran tan explícitas-. De paso, el gran Al Pacino -que venía de rodar la segunda parte de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1974) y que paralizó durante algunos días el rodaje de Tarde de perros debido a su agotamiento mental y cansancio físico- demostró ser uno de los actores más versátiles que ha dado nunca el cine, capaz de afrontar cualquier desafío interpretativo.

Para finalizar, el último apunte de crítica social, junto con la homofobia (recordemos cuando Salvatore sufre cuando la gente piensa que es homosexual o cuando Sonny se encuentra registrando al agente del FBI que entrará al banco, ante los gritos del público allí presente que piensa que se está aprovechando de él físicamente), es la condena que elabora el director contra la prensa sensacionalista. No son casuales esa infinidad de cámaras de televisión y decenas de periodistas rodeando la escena del atraco ávidos de conseguir cualquier exclusiva. Aspecto, además, que refleja el carácter imperecedero de un film tremendamente innovador para la época. 

Sin embargo, la película también adolece de una cierta falta de ritmo narrativo, sobre todo debido a las altas expectativas que ofrece su espectacular arranque, por el que logra hipnotizar al espectador. Sin embargo, a partir de estos veinte primeros minutos brillantes, la obra se va desinflando, a lo que contribuye sin duda unas escenas de excesiva duración (tan sólo doce en dos horas largas de metraje). No obstante, esto no significa que la película deje de regalarnos fragmentos verdaderamente antológicos como la llamada telefónica entre Sonny y Leon. Un momento cumbre de la película, de casi diez minutos de duración y a través del cual se termina de definir la relación de ambos con frases tan conmovedoras como cuando el protagonista le dice a su amante:

“Quiero que sepas algo: voy a salir de aquí, he pedido un avión para irme, sólo quería que lo supieras, que vinieras aquí para despedirnos y para decirnos nuestro último adiós. Y, si lo quisieras, podrías venir conmigo”.

Una escena maravillosa -genialmente improvisada por ambos actores- y que, por sí sola, justifica de sobra la nominación al Oscar que recibieron ambos intérpretes. Y también supone la mayor excusa para disfrutar de esta película: ese momento álgido de una obra en la que el elemento sorpresa no desaparece jamás, esa estampa inolvidable convertida en uno de los mayores iconos cinematográficos de las últimas décadas, ese alarde de valentía, transgresión y valentía que supuso -recordemos, en pleno 1975- ver a Al Pacino arrastrado, desarmado, a los pies de un transexual. A los pies del que ha sido el gran amor de su vida. Sí. Y todo empezó con un atraco, ¿recuerdan? 

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