El silencio de los corderos

Si hay un título clave en la historia del cine de los años noventa, es sin duda El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Considerado como uno de los mejores thriller que ha dado jamás el séptimo arte, esta película de terror psicológico no sólo revolucionó los cánones del género hasta la fecha, sino que además se convirtió en todo un referente para filmes posteriores. Entre sus mayores proezas está el de haber sido la tercera película de la historia del cine en ganar los 5 Oscar principales (Película, Director, Actriz, Actor y Guión Adaptado), hazaña que ya consiguieron en su día Sucedió una noche (Frank Capra, 1934) y Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975). Logró, además, una avalancha de precios internacionales pocas veces vista, sobre todo para sus dos intérpretes principales: una aparentemente frágil pero llena de fortaleza Jodie Foster y un magnético y carismático Anthony Hopkins, destilando química a raudales con la interpretación más recordada de sus carreras y por las que ambos pasaron a ser inmortales. 

Basada en la novela de Thomas Harris, la acción de El silencio de los corderos empieza cuando a la joven teniente del FBI, Clarice Starling (Jodie Foster) se le asigna una peligrosa misión: deberá atrapar al asesino en serie conocido como Buffalo Bill. Criminóloga y experta en materia psicópata, para conseguir su objetivo la recién titulada se pondrá en contacto con Hannibal Lecter (Anthony Hopkins)  una antiguo psicoanalista, de mente brillante, que vive ahora recluido en una prisión de máxima seguridad por ser uno de los caníbales más peligrosos de la faz de la tierra. La tarea de la agente Starling para sacar información al peligroso criminal no será tarea fácil… sobre todo cuando se fugue de la cárcel.

A través de una narración fría, tensa, en la los primeros y primerísimos planos son un recurso constante -sobre todo en los cara a cara de los dos protagonistas, lugar donde el afilado guión da los mayores síntomas de lucidez- Demme construye una película que envuelve al espectador desde el minuto uno a través de una atmósfera inquietante y claustrofóbica a partes iguales. Consigue elaborar una eficaz radiografía acerca del canibalismo, los asesinos en serie, la psicología  y, en general, sobre la locura humana, auténtica protagonista del film. Una locura ejemplificada a la máxima potencia en esa memorable interpretación de Hopkins, que con apenas 16 minutos de aparición en la cinta, logra todo un icono del género, a la altura del Norman Bates de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) o el Joker de Batman (Tim Burton, 1989). Difícil olvidar esa rostro gélido, esa mirada penetrante, esa caracterización ya antológica (la máscara forma ya parte de la cultura popular)… de uno de los asesinos más sádicos e inteligentes (esa forma que tiene de introducirse en la psicología de la agente Starling, sus dotes para la pintura…) que se han visto nunca en cine.

Película intensísima, de una fuerza casi sobrenatural, no cabe duda que El silencio de los corderos condiciona la vida de quien la ve. Durísima, con momentos de verdadera angustia, estamos ante una obra de arte a la que no todo el mundo goza de la madurez psicológica suficiente para enfrentarse a ella. Una historia llena de capas, de personajes, prodigio de montaje, donde todas las piezas van encajando con el paso de los minutos y el aura te envuelve hasta límites insospechados; una narración donde las mariposas adquieren un significado tan pleno como sorprendente, al tiempo que muestra cómo determinados traumas en la infancia pueden determinar el resto de nuestros días. Es sensacional el estudio que se hace del personaje de la joven teniente, desnudándose emocionalmente ante Lecter, confesando que aún vive atormentada porque no pudo salvar a un cordero cuando de pequeña oyó los gritos de estos animales camino al matadero; asimismo, el retrato de Buffalo Bill (Ted Levine) sobre cómo los abusos que sufrió de pequeño han condicionado su locura, es también demoledor. En este sentido, el guión se mueve entre la inteligencia y la brillantez más absoluta. 

Con frases que aún retumbarán en nuestras mentes (“¿Qué tal Clarice, ya han dejado de chillar los corderos?”) y que pondrán los pelos de punta al menos pensado, El silencio de los corderos es una película dirigida con toneladas de peripecia, donde el simple rostro de Lecter reflejado en un cristal es más que suficiente para paralizar de pánico al espectador; película que rompió con algunos estándares cinematográficos establecidos hasta la fecha (sobre todo en cuanto a temática, donde introdujo elementos tan poco habituales como la transexualidad), consiguiendo además un final tan abierto como legendario (“Seguiría hablando con usted, pero una persona importante me espera para cenar”). Hoy, veinte años después de su estreno, es un título de culto que conviene revisar -y aplaudir- cada cierto tiempo. Quién sabe. Quizá en una de estas dejen de chillar los corderos.

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6 pensamientos en “El silencio de los corderos

  1. ¿Sólo aparece 16 minutos? No lo sabía… Esta película es un referente para los thrillers, clasicazo, y Hopkins representa el summum de la psicopatía, en fin, qué decir de esta gran delícla. Sí, que me la comería con cebolla sbsbsbsbs.

  2. Gran película. Película que marcó un hito, con una joven Jodie Foster. Anthony Hopkins pasará a la historia del cine con su gran papel de Hannibal Lecter.

  3. Extraordinaria pareja protagonista… son capaces de levantar la película por sí mismos. Y estoy de acuerdo contigo en que marco un hito…. una lástima que sus sucesoras (el origen del mal, etc) no les llegue ni a la suela de los zapatos. Ninguna como la original.

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