Los 2 lados de la cama

Si ayer hablábamos en este blog de esa comedia musical llamada El otro lado de la cama (Emilio Martínez Lázaro, 2002), que revolucionó el cine español en dicho año, hoy es el turno de su sucesora, Los dos lados de la cama (2005), que firma el mismo director. Rodeándose prácticamente del idéntico equipo técnico y artístico -donde las bajas más notables son la ausencia de Natalia Verbeke y Paz Vega en el reparto-, el cineasta consiguió una secuela más que notable, desmontó el tópico de que segundas partes nunca fueron buenas y volvió a colocar al género musical en la primera fila de nuestro país. Si bien es cierto que no contiene el factor sorpresa de la original, así como ese encanto y atracción que rodea toda propuesta cinematográfica novedosa, es de justicia apuntar que Los dos lados de la cama es superior a su predecesora en multitud de aspectos que pasamos a detallar a continuación.

El argumento del que parte sigue siendo fiel a esa comedia de enredo, típicamente española, que ya exploró la primera entrega tres años antes: poco puede imaginar Javier (Ernesto Alterio), apunto de casarse con Marta (Verónica Sánchez), que su prometida mantiene una relación clandestina con Raquel (Lucía Jiménez), la novia de su mejor amigo, Pedro (Guillermo Toledo). Será el punto de partida de una historia en la que se vuelven a repetir los giros casi rocambolescos de guión, además de dar más protagonismo a personajes que dejaron buena huella en la película original como el de Pilar (María Esteve), que se confirmó en esta película como una de nuestras actrices más dotadas para la comedia. La relación que ésta mantiene con Rafa (Alberto San Juan), repleta de frases hechas y refranes es de lo más destacable de un film que tiene uno de sus momentos más desternillantes cuando, tras ser Javier plantado en su boda, la joven apunta: “puede ser porque está confundida, porque tiene dudas, porque se lo ha pensado mejor, porque no era feliz, porque está casada, porque está en una secta…”. Carcajadas a raudales, en una película con mayores tintes de comedia que la primera entrega.

Aun así, el film no acaba de ser todo lo redondo que podría haber sido por la ausencia en el cast de Natalia Verbeke y Paz Vega -imperdonable que la película no haga referencia a este hecho en ningún momento-, aunque sí que es cierto que las nuevas incorporaciones -Verónica Sánchez y Lucía Jiménez- fueron dos grandes aciertos y apaciguó, en la medida de lo posible, este sentimiento de pérdida. También se une a al función la estupenda Pilar Castro, cuya interpretación en la títulos finales de la película -que, dicho sea de paso, justifican de sobra el precio de la entrada al cine porque son geniales- del tema Sin documentos da ganas de vivir.

Con referencias a  la primera parte – cameo del niño melón incluído-, sí que es cierto que Los dos lados de la cama peque un tanto de enrevesada. Si bien al principio es fácil cogerle el hilo, tanta vuelta de tuerca puede desestabilizar un tanto la atención del espectador. El final, un tanto metido con calzador, tampoco ayuda demasiado, aunque sea fiel a la máxima de impera en ambas películas de que “todos somos bisexuales”. En el lado positivo de la balanza, hay que destacar que en el aspecto musical es infinitamente superior a El otro lado de la cama: por el nivel de las coreografías, por las voces de las nuevas incorporaciones -en especial de Lucía Jiménez, que lo borda-, por ocupar más minutos de metraje y, sobre todo, por la gran selección de canciones realizada. Ahí tenemos temas tan emblemáticos de las últimas décadas como: Sin documentos (Los Rodríguez), ¿Por qué te vas? (Jeanette), Déjame (Los Secretos) o ¿A quién le importa? (Alaska). Sin duda, un repertorio de lujo y perfectamente situado en el trancurso de la película, ayudándole en materia narrativa, influyendo en el argumento. En este sentido, destacar el famoso “Duelo de parejas”, ya una de las secuencias más famosas del cine español de la última década y en la que el cuarteto protagonista condensan numerosos de los éxitos de los años 80 y 90 de nuestro país.

Con algunos gags divertidísimos (el momento bañera es impagable, con una Marta diciendo eso de: “¡hay que aguantar!”…), el mayor mérito de Los dos lados de la cama y de su predecesora, no es su impecable factura, ni una duración acertadísima, ni su ritmo ágil y dinámico. No. Por lo que han pasado a los libros de cine estas dos historias es por haber sabido elaborar unos personajes que conecten de una forma tan eficaz con el público. Lo que viene a ser un casting espléndido. Y es que gracias a este casting mucha  gente no sólo volvió a confiar en el cine español, sino que además sintió todos y cada uno de sus personajes como en algo propio, prácticamente como si fuesen sus amigos. En este sentido, loable labor de Martínez Lázaro por haber impregnado de tantos sentimientos estas dos partes, y genial el haber recurrido en ambas al maestro Roque Baños, que firma en esta segunda parte una de sus composiciones más notables.  Tanto director como compositor logran emocionarnos en el plano final del film, donde la música del murciano cobra un primerísimo plano tan fuerte como vital, al tiempo que el poder de las imágenes -ese cuadro, tremendamente significativo- nos desvela que esta pandilla seguirán, siempre, formando parte de nuestras vidas. Y volveremos a cantar con ellos. Y eso es fantástico.

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