El otro lado de la cama

Estos días se cumplen diez años de ese ciclón cinematográfico que asoló las salas de nuestro país llamado El otro lado de la cama (Emilio Martínez Lázaro, 2002). Esta deliciosa e inteligente película, que revitalizó el género musical de habla hispana, vino dispuesta a demostrar que en España se pueden hacer grandes comedias. Y lo cierto es que no sólo lo consiguió, sino que también se convirtió en la película más taquillera del presente año, en un fenómeno social con pocos precedentes (cuyo mayor paradigma es ese niño melón) y dio lugar, además, a una secuela –Los dos lados de la cama (2005)-. Rodeándose de un equipo técnico de primer nivel (entre el que destaca el extraordinario compositor murciano Roque Baños, que también trabajó en la segunda entrega), Martínez Lázaro consiguió algo cada vez más difícil: aunar éxito de crítica y público en una película cuyo mayor mérito es haber devuelvo a buena parte del público su confianza en el cine español, sin renegar en ningún momento de su condición de comercial.

Escrita por David Serrano, uno de nuestros guionistas y directores expertos en comedia, la película es un prodigio en cuanto a giros de guión, situaciones inesperadas y los constantes puntos de inflexión en el argumento -el primero, vital, a los cinco primeros minutos-. Se nos narra la historia de Paula (Natalia Verbeke), una veinteañera que decide romper con su novio, Pedro (Guillermo Toledo), porque según sus palabras se ha enamorado de otro hombre, ignorando el joven que se trata de Javier (Ernesto Alterio), su mejor amigo. Su novia, Sonia (Paz Vega), ignora la situación, y recomienda a Pedro que se olvide de la chica, pero él sólo vive para encontrar al hombre que le ha arrebatado a su amor. Ante tal situación, Javier no sólo deberá evitar que su amigo se entere de su traición, sino que además deberá soportar las presiones de Paula para que acabe con su relación con Sonia…   eso sin contar con todo el reguero de personajes secundarios que van desfilando por la función, auténticas piezas de puzzle que la historia se encarga de encajar de la mejor de las maneras. Tratando de reírse de un cierto tipo de juventud, inmadura, infiel y también machista (ahí está el personaje de Alberto San Juan), el cóctel de personajes que nos ofrece la película es para enmarcar. Siendo lo suficientemente coral y equilibrado para no aburrir en ningún momento, destaca la excelente química entre todo el reparto, así como el dibujo que se hace de personajes tan excéntricos como el de la Pilar (una divertidísima María Esteve, amante de la pasta italiana) o el de la adolescente Jennifer (una gran Leticia Dolera en los comienzos de su carrera). El cuarteto protagonista, sobre decirlo, cumple su función de forma sobresaliente, algo no de extrañar puesto que se trata de cuatro de los nombres de más prestigio de nuestro cine. 

A pesar de que quizá en El otro lado de la cama se echan en falta más números musicales, lo cierto es que cada actuación, estratégicamente situada, supone un soplo de aire fresco a una película ya de por sí desinhibida, desvergonzada, exenta de complejos. Con ecos de Todos dicen I love you  (Woody Allen, 1996), uno de los musicales claves de la década de los noventa, en la comedia de enredo de Martínez Lázaro se hace un eficaz repaso a algunos de los éxitos de la movida madrileña: Las chicas son guerreras (Los salvajes), Echo de menos (Kiko Veneno), Luna de miel (Mastretta) o, por supuesto, la antológica Dime que me quieres (Tequila). Ésta última canción, la más recordada de la película, es de la que se sirve el director para rodar dos momentos cumbres: por un lado, la actuación de Paula (magnífica iluminación, coreografía…y voz) cantándosela a un perplejo Javier;  y, por otro, el delirante e hiperbolesco número en el Museo de Ciencias Naturales de Pilar a un no menos alucinado Pedro; dos versiones de la misma canción, una más lenta y otra más rítmica, ambas geniales. 

Una película, en definitiva, que rezuma energía positiva por los cuatro costados. Para prueba, basta ver esos créditos finales, al ritmo de Mucho mejor de Los Rodríguez, con cameo del director incluido. Una reflexión sobre el amor y la amistad disfrazada bajo una chispeante capa del mejor humor (ese partido final de tenis) y de algunas de las canciones que ya forman parte de nuestra historia. El otro lado de la cama es una comedia musical que ningún aficionado al mejor cine español debería perderse. Y al que no lo es, también.

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