La mujer de negro

En una época tan gris como incierta para el cine de terror, un género ávido en exceso de efectos especiales, sangre y vísceras como únicos recursos para generar el pánico, se agradece el estreno de una película como La mujer de negro (James Watkins, 2011). La primera película protagonizada por Daniel Radcliffe después de la maratoniana saga Harry Potter se presenta como un agradable soplo de aire fresco a un género que, sin duda, no atraviesa sus mejores momentos. Presentada por la mítica productora Hammer, responsable de varios de los grandes clásicos del terror inglés, nos encontramos ante una obra elegante que, desprendiendo terror gótico por los cuatro costados, rinde un homenaje a esas grandes producciones marca de la casa como Drácula (1958) o La Momia (1959), ambas dirigidas por el referente Terence Fisher. Porque, La mujer de negro, más allá de sus sustos y presencias fantasmales, en esencia no es más que una película que rinde homenaje a esta impecable compañía cinematográfica, atesorando sus rasgos más inconfundibles. Motivo sólo por el cual merece la pena su visionado.

En efecto, todos y cada uno de los fotogramas de esta sofisticada producción nos remite a esos grandes clásicos antes citados, a través de sus casas encantadas, carruajes de caballos o infinidad de presencia de crucifijos. No estamos, por tanto, ante una película de terror al uso, sino con una obra que cuida por igual esa ambientación en la que se sitúa la historia -alrededor de 1900- y ese clima excelente de suspense que barniza el relato. Su breve duración, por último, no deja lugar a dudas que estamos ante una obra cien por cien Hammercuyas producciones no suelen pasar de los 90 minutos. Una productora imprescindible a la hora de hablar del terror en el cine desde los años 30 hasta bien entrados los 60, época en la que gozó de su máximo esplendor, dejando a su paso una cosecha de títulos imprescindibles. La historia no es un alarde de pretensión, pero funciona y hará las delicias de los fans del género gracias a su eficaz simplicidad: Arthur Kipps (Daniel Radcliffe) es un prestigioso abogado viudo que parte hacia un lugar remoto donde deberá vender una mansión cuya propietaria acaba de fallacer. Si no lo hace, quedará despedido. Lo que en un principio parece ser una misión aparentemente rutinaria, se tornará terrorífica cuando el joven magistrado comienza a tener visiones de una inquietante mujer de negro. ¿Existe realmente?; ¿Qué pretende? No será fácil para el protagonista responder a estas preguntas en un entorno cuyos lugareños no se muestran por la labor de creerle, mucho menos de ayudarle. Es el punto de partida de un ejercicio de tensión narrativa sustentado principalmente en una música que se adapta en todo momento al relato, en el que es uno de los mayores aciertos del film.

Otro de los rasgos a destacar de La mujer de negro es la gran confianza que muestra en su innegable poder visual, donde cada detalle está espléndidamente cuidado. No se hace tediosa en ningún momento, por tanto, una narración sin apenas diálogos, volcada exclusivamente en sus tan desgarradoras como lúgubres imágenes, auténtico campo de cultivo de telarañas, estatuas inexpresivas, oscuros retratos y mansiones laberínticas. Tampoco se puede pasar de alto esa presencia constante -y acertadísima- de muñecas de porcelana con unos rostros que hablan por sí solos, por completo humanísticos, que no hacen sino otorgar una fuerza y un simbolismo casi inusual a la película. Finalmente, subrayar la gran labor del gran Radcliffe, no sólo por la inteligencia demostrada al aceptar encabezar este interesante proyecto, sino por ese cambio radical de registro. Demuestra, así, poseer una versatilidad de la que muy pocos jóvenes actores pueden presumir, así como la presencia en pantalla lo suficientemente atractiva como para llenar por sí mismo una película en donde está presente en todas sus escenas. Daniel ya no encarna a ese mago adolescente que reventó las taquillas de media planeta, sino un auténtico padre de familia que dejará boquiabiertos a sus seguidores. Y a los que no lo son, también. Sin duda, hay vida más allá de las novelas de J.K. Rowling.

Con unos sustos muy bien conseguidos (el cuervo, la niña tras la mirilla de la puerta, las propias presencias fantasmales de esa oscura dama…), si da algo peca esta producción británica es de recurrir en exceso a la post producción. Efecto que, aunque nace con el espíritu de otorgar más credibilidad a la obra, se vuelve en su contra y no hace más que restarle algo de interés. Recursos como esa niebla abundante (¿eran necesarias?) o ese tren tan artificial no están a la altura del resto. Juegan a su favor, no obstante, el mantener con eficacia ese férreo pulso narrativo, en donde las brevísimas presencias de la mujer a la que hace referencia el título del film, lejos de jugar en su contra, son un importante punto a favor. ¿Nadie recuerda que en Tiburón (Steven Spielberg, 1978), el escualo no aparece físicamente hasta pasada ¡una hora! de película? ¿O que en determinadas películas del inmortal Drácula de Christopher Lee le presencia del genial actor se limitaba a apenas unos minutos? Hasta en esto la película rinde tributo a la Hammer, demostrando a su vez que no terror más perturbador que el psicológico.

“A veces siento que sigue conmigo, a veces siento que está en la habitación intentando hablarme”, pronuncia un Kipps que no ha podido olvidar a su mujer. Frase a partir de la cual se aborda otro de los ejes vertebrales del film: la existencia de fantasmas. Temática que servirá para que, la que ha sido hasta el momento una terrorífica película, derive en uno de los cantos más bellos, honestos y sinceros al amor que se recuerden en la gran pantalla. El director nos regala, así, un final que desarmará a un espectador con un mínimo atisbo de sensibilidad, conquistando además a los que crean que otro tipo de cine de terror es posible.

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