La tentación vive arriba

Cuando se cumplen 10 años de la muerte de Billy Wilder todo el mundo recuerda películas tan imborrables como El apartamento (1960) o El gran carnaval (1951). Y no seré yo quien lo reproche tratándose de dos obras maestras indiscutibles. Sin embargo, muchas veces suelen dejarse en el tintero otras obras que, indudablemente, fueron decisivas tanto en la carrera del director como en la historia posterior del séptimo arte. Es el caso de La tentación vive arriba (1955), una película que, esquivando la censura y las acusaciones de machismo, encumbró a una sexy y explosiva Marilyn Monroe a icono del cine. Pero no sólo eso: fue capaz de elaborar, en una época poco acostumbrada a estos temas, un fiel retrato acerca de la fidelidad, la traición y la tentación sin escatimar recursos tan provocativos como transgresores por aquellos años. ¿O acaso ustedes no sabían que el remedio para el calor de la Monroe en esta película, tal y como le confiesa al protagonista, es meter la ropa interior en la nevera? Pues eso.

El punto de partida es cuanto menos curioso. El director nos sitúa en la Manhattan de hace 500 años para, poco después, volver a la actualidad y dejar patente que hay cosas que nunca cambian: los hombres siguen estando bajo el dominio de sus mujeres. Tras este acertado arranque, se nos muestra la despedida de Richard Sherman (Tom Ewell) a su mujer y a su hijo por vacaciones de verano. Él, por el contrario, deberá quedarse en Nueva York por motivos de trabajo y, de paso, cumplir la promesa que le hace a su esposa: dejar de fumar, acostarse temprano y, por supuesto, no echar ninguna cana al aire. Y, aunque en un principio se muestra fuerte y decidido, lo cierto es que cada vez se hace más difícil ser fiel a su palabra… máxime cuando su nueva vecina es una sensual modelo (Marilyn Monroe) con la que iniciará una singular relación.

Basada en la obra teatral del mismo nombre – The seven year itch, de George Axelrod-, la película es una deliciosa y refinada comedia que provoca constantemente la carcajada en el espectador. A través de detalles imborrables (esa primera aparición de Marilyn en la escena, oculta tras una puerta, magistral), La tentación vive arriba es una continua sucesión de gags, de detalles irónicos (algunos incluso demasiado atrevidos para la época, como el de la botella de champán) que evidencian un Wilder en plena forma, aunque el director nunca estuviese del todo satisfecho por su resultado. Porque, aunque ha sido considerada injustamente una película menor dentro de su filmografía -quizá el hecho de haber sido rodada tras la imprescindible Sabrina (1954) influyese–  personalmente estoy en total desacuerdo. ¿Quién ha dejado de recordar esa mítica escena de Marilyn Monroe sobre una corriente de aire de un extractor de metro? ¿O ese baño repleto de espumas y burbujas, dejando entrever una pierna desnuda? Pocas imágenes existen, en efecto, más iconográficas en la historia del cine. Como curiosidad, apuntar que la escena del levantamiento de ese legendario vestido blanco fue rodada dos veces, una en una calle real y otra en el estudio, que fue la que finalmente se usó debido a que el ruido de la gente agolpada en la grabación de la primera toma impidió su utilización.

Película tan innovadora en cuanto a la forma de abordar una temática carne de censura (infidelidades) como en materia de efectos especiales -esa forma del director de jugar permanentemente con lo real y lo imaginado, con esos personajes que aparecen y desaparecen de la escena-, la influencia de La tentación vive arriba en posteriores películas es innegable. No sólo sirvió de inspiración a Woody Allen para la realización de algunas de sus películas en las que medita acerca del amor y la fidelidad, como Annie Hall (1978) o Manhattan (1979), sino que además hasta el propio François Truffaut toma elementos prestados para construir uno de los cantos más rotundos sobre el adulterio como constituye La piel suave (1964) con esos minutos finales de mujer convertida, pistola en mano, en una auténtica femme-fatale. Asimismo, el propio Billy Wilder utiliza su película para homenajear a otro de los grandes títulos de todos los tiempos como es De aquí a la eternidad (1953), recreando esa inolvidable escena en la orilla del mar de dos amantes pasados por agua.

Obra de gran voltaje erótico, Marilyn Monroe -que hace el papel de una joven de 22 años, cuando en realidad tenía casi 30- tiene buena culpa de que la película haya pasado a los anales del cine como una auténtica provocación. Sus escenas desnuda en la terraza, jugando con el ventilador (“yo no estoy hecha para el calor”) o enfundada en esos ajustadísimos vestidos son una tentación constante para un Richard que comprueba lo arduo que es cumplir con lo prometido a su esposa, además de ser carne de lucimiento de una actriz que entró en el olimpo cinematográfico con este papel. No puede imaginar que esa aparente inofensiva frase con la que empieza todo: “¿Qué le parece si baja a tomar una copa conmigo?”  será el comienzo de una historia ¿de amor? en la que compartirán martinis, patatas fritas, música clásica, cigarrillos, champán… y piano, en la que es la escena más divertida del film (y en donde, en la versión doblada, pueden escucharse las voces originales de ambos protagonistas cantando, impagable).

En definitiva, una obra repleta de buen humor, con una correctísima duración -apenas 100 minutos- y genialmente entretenida. Wilder no tenía películas peores o mejores, por la sencilla razón de que todo su cine, todas sus películas, tienen algo que la hacen especiales. Y, aunque tan sólo sea para ver a Marilyn salpicando espuma una vez más, merece la pena volver a darle al play y gozar con una de las mejores comedias de la historia, que marcó a toda una generación. Y, quién sabe, quizá empecemos nosotros mismos a meter también la ropa interior en el frigorífico. 

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