Testigo de cargo

En la lista de las películas judiciales más importantes de todos los tiempos, que Testigo de Cargo (Billy Wilder, 1957) sea una de las que ocupe los primeros puestos es algo que no admite discusión. El director consigue en este paradigma del género una obra rebosante de tensión desde el primer minuto en la que destaca sus constantes giros de guión, hechos que la convierten en una de las más recordadas y aplaudidas del prolífico cineasta. Adaptación de la breve novela homónima de Agatha Christie -que más tarde convirtió en una obra de teatro- la película de Wilder se caracteriza, fundamentalmente, en desarrollarse en dos únicos escenarios, correspondientes a las dos mitades de la película: la primera parte tiene lugar en el despacho del abogado Wilfrid Roberts (Charles Laughton), encargado de la defensa de Leonard Vole (Tyrone Power), acusado de la muerte de una rica viuda que lo ha nombrado heredero universal. Cuando se inicia el juicio, escenario del segundo acto, por la sala van desfilando todo tipo de personajes involucrados con la tragedia (la ama de llaves de la anciana, la esposa del acusado…). Todos testifican contra Leonard en un crimen en el que el móvil está más que justificado. Mientras, van surgiendo nuevas pruebas incriminatorias. Pero, ¿es realmente culpable?

El director de El apartamento (1960) o En bandeja de plata (1966), se inspiró en Hitchcock a la hora de introducir nuevos elementos que no aparecían en la novela original, como bien ejemplifican esa sucesión de escenas finales, espléndidas, con las que el director le da un nuevo giro de tuerca al ya de por sí sorprendente desenlace, o el personaje de Miss Plimsoll (Elsa Lanchester, nominada al Oscar por este papel), puramente cómico. Precisamente, el papel de esta entrañable enfermera al cuidado de un enfermo Roberts –su marido en la vida real-, es uno de los más recordados del film, gracias a la relación de amor/odio que mantienen durante toda la película y en la que Wilder se permite sacar su característico potencial cómico (esa escena en la que Plimsoll baja el ascensor, jeringuilla en mano, es mítica) en una cinta de temática muy diferente, construida sobre cuestiones tan universales como la fuerza del amor y la pasión.

Introduciendo todo tipo de elementos en materia de juicios -duplicidad de testimonios, versiones contrapuestas, engaño al jurado, encubrimiento del crimen… y hasta femme fatales-, y buscando siempre sorprender al espectador, Wilder consigue con Testigo de Cargo una de las cintas capitales en materia criminalista. Son imborrables esa magnífica composición de los planos -en las que saca todo el jugo posible a los reducidos escenarios de la película-  esos detalles de gran cine como la escena de la lupa de Roberts reflejando en el rostro de Christine (Marlene Dietrich) durante su interrogatorio, esa permanente pulso narrativo que no decae en ningún fragmento o esa maravillosa y épica banda sonora que sube y baja el telón de una película tan ágil, dinámica y depurada como imprescindible. Quizá parte de culpa la tenga la excelente interpretación de Laughton, calificado por Wilder como “el mejor actor con el que he trabajado jamás” y que en este film tocó su cénit interpretativo, considerado por muchos el mejor papel de su vida. Su escena subiendo y bajando el ascensor, con la que el director aprovecha para radiografiar su lado más infantil, es una de las más recordadas de este personaje que intenta retirarse de la profesión por la puerta grande. Aunque le cueste sudor y lágrimas. En este sentido nos remitimos a otras obras emblemáticas como La vida privada de Sherlock Holmes (1970), ese decadente retrato de alguien que un día fue el más grande en su profesión.  

Pero, por encima de juicios y resoluciones judiciales, espina dorsal de Testigo de Cargo, subyacen aspectos como las falsas apariencias, las mentiras o esos personajes que intentan engañar y escapar del mundo en el que viven, fórmula explotada en obras maestras como El crepúsculo de los dioses (1950),  El gran carnaval (1951) o en la propia El apartamento. Rodeada de leyendas -se dice que la Familia Real inglesa tuvo que firmar un papel por el que se comprometían a no desvelar el contenido de la cinta- lo cierto es que parte de la magia de Testigo de cargo -nominada a 6 Oscar, incluyendo Mejor Película y Mejor Director- reside en un inesperado desenlace, como no podía ser de otra forma. Tal es así, que los responsables de la misma advierten sobre las letras sobreimpresas de The End: “Les encarecemos en beneficios de aquellos amigos suyos que no hayan visto aún la película que no revelen a nadie el secreto de su final”. En este blog, desde luego, no lo vamos a contar. Sería un crimen. Y nunca mejor dicho. 

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