Atraco perfecto

Es un hecho incontestable que Stanley Kubrick, uno de los directores más influyentes del S.XX, abordó casi todos los géneros cinematográficos. Se manejaba igual de bien en el terror (El resplandor, 1980), la ciencia-ficción (2001: Una odisea en el espacio, 1968), el cine bélico (La chaqueta metálica, 1987) o el cine negro con la que fue su gran carta de presentación en Hollywood: Atraco Perfecto (1956). Y es que, a pesar de haber rodado previamente dos películas, fue con esta historia acerca del robo a un hipódromo con el que el cineasta terminó una enriquecedora etapa de formación, comenzando al año siguiente su esplendorosa etapa de madurez con ese alegato antibelicista que es Senderos de Gloria, (1957). Películas, la mayoría de ellas, en la que se da cita un constante en su filmografía, como es el uso de la violencia o ese antihéroe en permanente conflicto con el mundo. En Atraco Perfecto, adaptación de la novela Clean Break de Lionel White, este rol lo ocupa Johnny Clay (Sterling Hayden), un ex presidiario que planea, junto con varios colaboradores, un atraco de proporciones épicas en la que todo está milimétricamente calculado, planificado y estudiado. ¿Todo?

En este nuevo intento de cine negro (anteriormente ya lo había intentado, con irregulares resultados con El beso del asesino, 1955), Kubrick quiso homenajear a una de las películas que más le marcaron de joven: La jungla del asfalto, John Huston, 1950, de quien toma, además de prácticamente la misma idea original, el actor protagonista: Sterling Hayden. Atraco Perfecto, incomprendida en su época a pesar de su impacto mundial, es una pieza de precisión absoluta, de gran innovación narrativa -la acción es contada desde diversos enfoques, algo poco habitual por aquellas fechas, huyendo de la linealidad- y en donde cada personaje desempeña el rol de una pieza de ajedrez -juego favorito del director, aquí también homenajeado- con la que se puede ganar la partida más ambiciosa de la historia… Nada puede salir mal en un plan delicadamente trazado, ajustadísimo, en donde cada segundo es de vital importancia. 

Calificada por el propio Kubrick como su primer trabajo profesional -que rodó tan sólo con 28 años-, la película destaca por la poderosa interpretación de sus actores, además de por constituir un claro paradigma de cómo el dinero hace relucir el lado más oscuro de los seres humanos, muchas veces cegados por la avaricia. Pero, si hay algo realmente que merece la pena subrayar en este clásico del cine negro, es su guión de hierro, sin fisuras. Cada ágil diálogo de cualquiera de los personajes, cada intervención de esa desconcertante voz en off (que nunca sabremos de quién es) o cada escena meramente visual, en todo momento apoyado por una inquietante música, configuran un relato de infinidad de giros dramáticos, de una desgarradora fuerza narrativa de la que el espectador no podrá apartar la vista ni un segundo. Y es que, a pesar de un arranque un tanto difuso, con una maraña de personajes sin apenas definir, la película se las ingenia para ir enredando en su red a todos aquellos amantes de las buenas historias, dispuestos a dejarnos hipnotizar por una telaraña de acontecimientos que nos mantiene en permanente tensión, casi sin respiración. Hasta que llega, por supuesto, ese imborrable final, imitado hasta la saciedad en el cine, y uno de los clímax argumentales más famosos de la historia. 

La fotografía es otro de los puntos fuertes de este film, obra de Lucien Ballard, que en todo momento supo impregnar a esta obra de blanco y negro de unos sublimes claroscuros, jugando permanentemente con esos focos de luz directa en la escena. Para recordar es, por ejemplo, ese fragmento protagonizado por la manipuladora Sherry (Marie Windsor), esposa del calzonazos George Peatty (Elisha Cook Jr), en compañía de su amante planeando cómo quedarse con la parte del botín que le corresponda a su marido después del golpe. Esa forma tan tétrica en la que están iluminados sus rostros, en una imagen que habla por sí sola, es tan solo una de las genialidades de la cinta.

A pesar de su breve duración, apenas 80 minutos filmados en los 20 días de rodaje, al principal problema al que se enfrento Kubrick fue a la hora del montaje. Las diferentes perspectivas o puntos de vista desde los que se abordaba la historia, unido a la agilidad de un relato trepidante, fueron dos hándicaps en la sala de edición, que el genio resolvió con su habitual maestría. Hoy, muchos críticos la califican como la mejor película del cineasta. Personalmente, y recordando la cantidad de joyas que nos ha regalado, no me atrevo a ser tan categórico. De lo que no hay duda es que Stanley Kubrick, con esta joya del cine, nos recordó que no hay nada perfecto en la vida. Y, en materia de robos, mucho menos.

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