Un verano en la Provenza

He de confesar mi debilidad por el cine francés. Admito que, como todo cinéfilo que se precie, necesito de cuando en cuando oxigenarme de ese monopolio estadounidense que reina en nuestras carteleras -cada vez más carente de ideas lo suficientemente sugerentes- y sumergirme en ese océano de temáticas, texturas y sabores que proporciona el séptimo arte galo. Un verano en la provenza (Eric Guirado, 2008), es una de esas pequeñas joyas que, sin haberse publicitado de forma masiva ni estrenado en grandes salas, consiguió ser todo un fenómeno en su país de origen además de un pequeño éxito en España. Quizá porque el boca a boca es, muchas veces, la mejor forma de publicitar una película de la que, si el público sale satisfecho, se convertirá en la mejor herramienta de marketing. En este caso, estamos ante todo un soplo de aire fresco, una historia que tras su aparente sencillez esconde un ejercicio de puro retrato generacional, así como de reflexión acerca de una vida rural cada vez más exigua, más apartada de la civilización.

En pleno verano, Antoine (Nicolás Cazalé, nominado al César por su actuación) se ve obligado a volver a su tierra natal tras diez años en la ciudad como consecuencia del infarto que ha sufrido su autoritario padre, con el que no mantiene una buena relación. Una vez en la Provenza, el pueblo donde se crió, y acompañado de su amiga Claire (Clotilde Hesme), la misión del joven será ayudar a su madre en la pequeña tienda de ultramarinos que regenta. Enfrentándose a su pasado, iniciará allí un largo proceso hacia la madurez, descubriendo la modalidad de vida basada en una furgoneta convertida en un puesto ambulante, un negocio que empieza detestando: “Hice bien en irme de aquí; esto apesta a muerto y se hacen muchos kilómetros para nada”, apuntaNo obstante, con el transcurso del tiempo y con la inestimable ayuda de Claire, una chica cuya misión es terminar sus estudios, este negocio familiar será precisamente el que le convertirá en un hombre capaz de conocer el valor de las pequeñas cosas, aprendiendo las claves de un oficio tan reconfortante como milenario.

La larga experiencia en documentales de Guirado le fue útil a la hora de plasmar un paraíso alejado del mundanal ruido como es la Provenza, la famosa región sureña de Francia. Recreándose en sus frondosos y verdes paisajes, unos lugareños tan pintorescos como verosímiles (tacaños, vividores, testarudos…) y, en definitiva, todo ese ambiente puramente rural, el realizador consigue una película que retrata la vida en pequeños pueblos en pleno siglo XXI, mucho más común de lo que la gente piensa. Y es que, aunque la migración hacia las grandes ciudades, esas urbes tecnológicamente equipadas, sea una realidad incontestable, lo cierto es que estos movimientos de población´dejan tras de sí una oleada de personas cada vez más envejecida acostumbrada a un estilo y hábitos de vida muy diferentes. Y ésta es precisamente la esencia temática de la película y que tan bien refleja Guirado: dar voz, de alguna manera, a esos habitantes de estas cada vez más desérticas zonas -condenadas, desgraciadamente, a la más absoluta extinción- y reflejar su día a día, siempre envueltos en esa lumínica atmósfera de vitalidad y esperanza de la que todo momento está impregnada la cinta. 

Dosificando de forma extraordinaria el drama más puro con la comedia más sofisticada, ente ambos protagonistas -y el propio hermano de Antoine, relación no exenta de conflictos- se va creando una especie de triángulo amoroso con inesperadas consecuencias con el que Guirado adereza esta historia entrañable, en la que tampoco faltan sutiles metáforas, como el momento en el que el protagonista lava la furgoneta, que no hace sino reflejar la pérdida de la ilusión, de la felicidad… y del color de una existencia que parece condenada al fracaso como es la de Antoine. Sin embargo, todo es posible en la Provenza; la esperanza es el valor que la película lleva en todo momento por bandera.

Un verano en la Provenza es una cita obligada para todos aquellos amantes de las historias sencillas, sin demasiadas pretensiones, pero que dejan un sabor tan agradable como reconfortante. Hora y media de buen cine francés que conviene de vez en cuando revisar para descubrir que, lejos de los blockbuster y esas sagas interminables made in Usa, todavía existe un tipo de películas capaces de emocionarnos a través de su infinita sutileza y que nos ayudarán a enfrentarnos a nuestro futuro con mayor dosis de ilusión y esperanza, creyendo siempre que lo mejor está por llegar, sin olvidar nunca nuestro pasado, esas raíces que aunque un día desaparezcan, son las que labraron nuestro futuro. Personalmente, no puedo pedir más. 

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4 pensamientos en “Un verano en la Provenza

  1. Muchas gracias por tu blog. Pensaba retirarme de Netflix pero con sus sugerencias he encontrado películas buenas. Aquí en Puerto Rico es muy difícil encontrarlas y más viviendo, como yo, en el interior.

    • Me alegran mucho sus palabras, sobre todo por saber que hay lectores al otro lado del charco que siguen mi blog con interés. De verdad, muchas gracias. Espero seguir durante muchos meses más dándole sugerencias respecto a cine, y también espero las suyas propias. Un cordial saludo.

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