Cara de ángel

Tras haber cosechado grandes éxitos de crítica y público con clásicos del cine negro tan imprescindibles como Laura (1944) o Al borde del peligro (1950), al maestro del género Otto Preminger se propuso dilapidar en Cara de ángel (1952) el tópico “la cara es el espejo del alma”. El cineasta austriaco, que vuelve a demostrar ser un referente a la hora de dotar a sus obras de una gran fluidez narrativa, filma una historia genialmente protagonizada por Robert Mitchum y Jean Simmons. Ambos dan vida a una de las parejas con más química de la historia del cine: Frank, un conductor de ambulancias, y a Diane, de cara aparentemente dulce e ingenua y de la que la película toma el título. Porque, como siempre en la vida, no es oro todo lo que reluce, ya que ese rostro angelical camufla la viva imagen de la perversión.

Una noche, tras acudir a una mansión en calidad de enfermero, Frank descubre que el aparente suicidio de la señora Tremayne esconde un intento de asesinato en el que todos son sospechosos, incluida su hijastra, la encantadora Diane de la que el protagonista cae rendido. Empezará, así, una especie de relación íntima con la joven, a espaldas de su novia, en la que todo parece perfecto. Sin embargo, y tras un doble asesinato que supone un rotundo punto de inflexión, Frank decide alejarse de ella cuando los indicios apuntan a que ha podido estar involucrada en la tragedia (“todavía no he conseguido saber qué hay detrás de tu bonita cara”, le dice antes de poner fin a su relación). No tiene en cuenta el joven que ese rostro del mal que representa Diane no le dejará escapar tan fácilmente, dejándose su vida si es necesario en el camino con el fin de retenerle a su lado.

Esta historia de femme-fatale va envolviendo al espectador en un tejido muy bien trazado, gracias sin duda a una narración depurada -apenas 90 minutos de film brillantemente tamizado-, donde detalles tan insignificantes como un tablero ajedrez -el mayor hobby de Diane y su padre- pueden esconder la verdadera esencia de la película. Más allá de que Preminger parece convertir a sus personajes en las piezas de este juego de astucia y precisión, el ajedrez también está presente en ese memorable momento en el que Diane, con su padre fallecido, agarra la ficha del Rey del tablero, en un profundo gesto de amor -¿u obsesión?- hacia él. Un hecho, además, que revela la soledad que impera en la vida de la esta mujer sin amigos –“eres todo lo que tengo, Frank”, le confiesa al galán-, así como un posible enamoramiento hacia su progenitor que, aunque no queda patente de forma explícita, sí que subyace en determinados fragmentos. Un hecho, dicho sea de paso, que explicaría esos celos patológicos que Diane siente hacia su madrastra.

Otro de los momentos cumbres -y más controvertidos- del film, es el fragmento de las bofetadas entre los protagonistas. Y es que, si en su predecesora Gilda (1946), era Rita Hayworth la que recibía la que quizá sea la guantada más antológica del séptimo arte, en Cara de ángel es Jean Simmons la que la sufre en una escena no exenta de polémica. Porque, más allá del maltrato en sí, el exigente director, insatisfecho por el resultado, obligó a Mitchum a repetirla varias veces. La leyenda cuenta además que, cansado de golpear a su compañera de reparto, el actor llegó a abofetear, furioso, a Preminger mientras exclamaba: “¿¡así está bien!?”

La frialdad de Diane queda reflejada en escenas como en la que se encuentra tocando el piano en el interior de la mansión, mientras que en el exterior se pone en marcha su plan maquiavélicamente trazado… La joven, impasible, sigue tocando esa dulce melodía, en un ejemplo más de cómo Preminger consigue reflejar la personalidad de sus roles sin palabras, únicamente con sus actos. Y, en este caso, sorprende lo bien definidos que están no sólo los dos personajes principales, sino todo el elenco, especialmente la novia de Frank, una mujer que siente cómo poco a poco va perdiendo al amor de su vida. Protagonizará junto a Diane, además, la magistral escena de los 1.000 dólares. Ella, astuta, no sólo se da cuenta de las calculadas intenciones de la amante de su marido, sino que pone un broche de oro a la reunión: “no le digo hasta nunca porque sé que la volveré a ver”, acierta a decir. Porque, en efecto, el destino hará que vuelvan a encontrarse…

Con un impactante final, en las antípodas del romanticismo hollywoodense -Preminger fue muy poco dado a las happy-end – no hay duda que Cara de ángel es una de las grandes obras del realizador, un clásico del cine negro que, aún hoy, pocos directores han conseguido superar. Un ejercicio de gran cine que nos demuestra, una vez más, que los celos, la codicia y la venganza sólo tienen un único destino posible: la más absoluta soledad.

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