Hostel

Cualquier película presentada por Quentin Tarantino supone una garantía de calidad. Pero si además el genial cineasta es uno de los productores ejecutivos de la misma, la cinta pasa a ser de visionado obligatorio. Es el caso de Hostel (Eli Roth, 2005), cinta que ya estaba predestinada desde su nacimiento a demostrar que otros ejercicios gores anteriores, como Saw (James Wan, 2004), no eran más que un juego de niños. Nació con vocación de convertirse en la película más terrorífica de la década y lo cierto es que no sólo consiguió su objetivo, sino que además fue uno de los grandes éxitos de taquilla del año y la revitalización de un género que agonizaba.

La premisa argumental de la que parte, es la de un viaje por la Europa del este en el que se embarcan, en plan mochilero, tres jóvenes: dos americanos –Paxton (Jay Hernández) y Josh (Derek Richardson)- y un islandés, Oli.  Con lo que no cuentan estos tres amigos es que, en una Eslovaquia un tanto peculiar, vivirán la que será la experiencia más brutal de sus vidas cuando se conviertan en parte de un juego tan macabro como carnal; en un negocio mortal por el que todos los turistas son torturados hasta la muerte. En este sentido, podemos afirmar que la película no engaña a nadie: da exactamente lo que promete y, de paso, reinventa las reglas del terror en una película que supone un punto de inflexión en un género tan amado como denostado.

La influencia del director de Pulp Fiction (1994) es constante ya desde el primer fotograma, con esos silbidos siniestros que evocan a Kill Bill (2003), sin olvidar esa afición por la sangre que marca su filmografía, o esas amputaciones antológicas (léase Reservoir Dogs, 1992). Hizo bien Tarantino en respaldar un proyecto arriesgado, debido al reducido segmento de público al que iba dirigido: ese amante del gore que aún lucha por desmontar los prejuicios existentes hacia el género. Hostel, en este sentido, además de suponer un novedoso soplo de aire fresco, constituye una excelente excusa por la que reivindicar este tipo de cine. 

De ambientación fría y tenebrosa –una Ámsterdam lúgubre, casi desértica, a excepción de esos niños armados callejeros en una clara referencia a clásicos del terror como ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) – el film se puede dividir en dos partes claramente diferenciadas. En la primera mitad, observamos la despreocupación,  trivialidad y desenfreno con la que estos tres jóvenes disfrutan de su viaje. Sexo, drogas y fiesta son los pilares sobre los que sustentan su afán de diversión, de evasión de la realidad. Poco podrán imaginar que, a partir de la segunda mitad, la que es el verdadero eje de la película- ellos mismos pasarán a convertirse en esas prostitutas a las que previamente han recurrido con el único fin de obtener placer. En efecto, ahora las reglas han cambiado y son estos jóvenes -que han sido, de alguna manera, traficantes de carne-  los que pasarán a estar explotados, sometidos y denigrados, en un sádico espectáculo. Carne de casquería. Prostitutos en toda regla. 

Con el propio título del film materializado en diversos momentos de la película -esos hostales en los que se alojan- Hostel admite tantas lecturas como interpretaciones. Hay quien ve en esta película de impecable factura una sátira política, en donde hasta una institución policial podrida se encuentra compinchada en un entramado en el que poco importan las personas, convertidas aquí en pura mercancía, en sucio negocio -¿no es un fiel reflejo de la realidad?-, mientras que otros ven un reflejo del carácter hedonista imperante en el mundo en el que vivimos, donde se busca el placer por encima de todas las cosas, desbancando muchas veces esa máxima histórica de “el fin no justifica los medios”. Organismos que no hacen sino lucrarse con el sufrimiento humano.  Esos terribles seres encapuchados -en una caracterización ya clásica del género, a la altura otros iconos como la máscara blanca de Scream (Wes Craven, 1996)- disfrutan aplicando todo su repertorio de herramientas a sus ¿inocentes? víctimas. Sea cual sea la interpretación que cada sujeto aplique al film, lo que no hay que pasar por alto es que la película se inspira en casos reales, palpables aún hoy en pleno siglo XXI, donde en África muchos padres deciden vender a sus hijos a cambio de unas cuantas monedas.

Esquivando las críticas que la acusan de fomentar la amoralidad, de contener escenas de sexo gratuitas -¡oh, Dios mio, una mujer desnuda!-,  de ofrecer una imagen poco fiel de Eslovaquia -país que rechazó fuertemente la película debido “a la imagen distorsionada que ofrece del lugar”, olvidando que es una ficción– o de tardar demasiado en despegar -en lo único en lo que personalmente estoy de acuerdo-, lo cierto es que Hostel no ha dejado indiferente a nadie. Tiene un principio, un nudo y un desenlace a través de los cuales se desarrolla una historia de interés creciente, algo que en los tiempos que corre no es poco. Además, es una obra que en todo momento se mantiene fiel a sus principios, y los desarrolla con implacable realismo, a pesar de que éstos aún no estén del todo bien vistos (¿qué esperaban los que iban a ver esta película, la adaptación de Heidi?)

Con frases que harán las delicias de todo buen aficionado al cine de terror (“siempre quise ser cirujano pero nunca conseguí que me aprobaran…¿adivinas por qué?”), Hostel será recordada, junto a su filosofía, como un cúmulo de escenas tan brutales y salvajes como la de la amputación de dedos, el corte en los tobillos o la del ojo de la china; un personaje estratégicamente colocado en la acción, puesto que es hacia el que mayor empatía siente el espectador por ser el único ser femenino sometida a este morboso festín. Junto a ella, que nos regalará  escenas tan antológicas como la de las vías del tren, Paxton se embarcará en el viaje final del film, donde encontramos escenas tan bárbaras como la del cuarto del baño. Precisamente esta última, puro ejercicio de venganza, es una de las más controvertidas: despertó tanta pasión entre sus seguidores como rechazo en sus detractores. ¿Es ético tomarse la justicia por nuestra propia mano si hemos sufrido la experiencia más traumática a la que puede ser sometido un ser humano? Hostel plantea esta pregunta -otra más-, pero la respuesta la deja en manos de sus (inteligentes) espectadores. Las vísceras, amigos, son lo de menos.

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6 pensamientos en “Hostel

  1. Nunca te fíes de la mujeres de otro país, porque no sabes como va a terminar. Sólo he visto esta por que? tic.. tac…tic…tac…muy bien Pablo, porque aparecía mi DIOS Quentin Tarantino y el director como que me daba. Pues la vi y me sobró, no he visto las que siguen. Chicos desmadrándose, encuentras chicas sexys para sexo y terminan sufriendo. Está basada en hechos reales? De verdad?. Soy más de terror clásico y psicológico que tripas, vísceras y montones de sangre. Película para masoquistas.Jejeje. Aunque no se me note, se nota que tiene la mano de Quentín Tanrantino.

    • jajaja, veo que eres el mayor fan que hay de Tarantino sobre la faz de la tierra! La película no es una obra maestra, ni muchísimo menos, pero los aficionados al gore como yo pasamos un buen rato. Evidentemente no se puede comparar con ese terror psicológico de Hitchcock, por ejemplo, pero aún así me pareció muy buena peli. La 2ªparte es una castaña, y la tercera ni te cuento. Ninguna como la original, vamos. 😛

  2. ah laa que chuli, esta peli va de una clínica sin licencia no? la “mejor” escena es en la que aperece una china haciendose un tratamiento de correccion de vista, pero se ve que el hospital no tiene mucho dinero que en lugar de láser le aplican un SOPLETE!! :S

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