Átame!

Después del éxito de Mujeres al borde de un ataque de nervios -nominación al Oscar incluida y revelación de Almodóvar en Hollywood- resulta lógico que Átame (Pedro Almodóvar, 1990) naciera en medio de una gran expectación mediática. Pero el manchego no defraudó. Con su octava película consiguió acentuar aún más ese humor negro y esa esencia de melodrama surrealista tan propia del cineasta y que ya había teñido anteriores producciones como Qué he hecho yo para merecer esto, (1984) o la propia Mujeres al borde de un ataque de nervios (1987), elevándolas a la categoría de obra maestra.

Pero a pesar de ese hándicap con el que nació esta cinta protagonizada por Victoria Abril y Antonio Banderas, el director salió más que airoso de la situación. Átame le sirvió para definir una cada vez más acentuada personalidad cinematográfica, explorar caminos desconocidos hasta entonces en el cine español y romper todos los tabúes habidos y por haber y con todo principio de lo políticamente correcto. Porque, ¿no era una provocación para la época -aún hoy lo sigue siendo- que una mujer  tras ser secuestrada en su propia casa, maniatada y torturada sin piedad, comenzase a vivir una historia de amor con su verdugo? Aquí es precisamente donde reside la magia (y el talento) de Almodóvar como cineasta: es capaz de construir una historia, de entrada, ridícula en una película con fuerza, garra, entidad… y con un mensaje final tan brillante como trascendental: esa radiografía del sentimiento más puro, el amor, que aquí se presenta como esa fuerza liberadora que, tras romper la más resistente de las cadenas, permite lograr la más absoluta plenitud. En este sentido el director se confirma como un perfecto conocedor del sentimiento más primario del ser humano, así como un experto en el género romántico. Porque, dicho sea de paso, más que una tragicomedia o un melodrama almodovariano, Átame respira aroma de película romántica pura y dura (y que quizá el máximo exponente sea esa palabra tan llena de vida y significado que Manuela le grita a Ricky en un momento clave de la cinta y del que coge el título: “Átame“)

El director, en esta película de sucesión de escenas disparatadas (el personaje de Rossy de Palma en moto, sin ir más lejos, es Almodóvar en estado puro, como lo es también el plano secuencia del final), homenajea a su anterior trabajo con ese momento en el que Lola riega las plantas de su balcón, al más puro estilo -y casi el mismo escenario- que Pepa en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Además, ambas cintas cuentan con un cameo de la madre del director, Francisca, habitual en algunas de las cintas de su propio hijo.

Resulta conmovedor la forma en la que Almodóvar transforma, de la manera más radical, el clásico cuento de princesas llevándolo a su propio terreno. Así, el realizador construye una narración en el que todo lo que vemos es parte de una fábula para adultos, como ya deja bien patente el primer fotograma (ese dibujo de una casa de cuento que, instantes después, es materializada), con escena final en castillo incluida en donde el espectador asiste desconcertante a un cambio de roles en los dos personajes principales: ¿quién es ahora la verdadera víctima?  Rodeado de parte de su habitual equipo técnico y artístico de primera fila (Salcedo, Alcaine…), Almodóvar era consciente que, para narrar este cuento de hadas contemporáneo, la música debería resultar una herramienta esencial, por lo que depositó esta responsabilidad en el mítico Ennio Morricone, que firma una de sus mejores partituras, dotando a la historia de una de las más altas cotas de emoción vistas en el cine almodovariano.

Además de un dominio de los colores vivos muy en la línea de su concepto de entender el cine (con ese permanente contrastre entre el rojo y el azul, que admiten tantas simbologías como lecturas), Almodóvar no podía pasar por alto otro elemento clave de su obra: los personajes. Esas almas que cobran vida gracias al propio trabajo del director, también guionista, huyendo de los retratos planos y apostando por caricaturizar y dotar de entidad propia a todas y cada una de sus marionetas, llevándolas al límite una vez más sin que eso les haga perder un ápice de empatía con un público que sigue viéndose reflejado en ellas. Así, el Ricky de Átame bien podría considerarse un icono de nuestro cine y de la más actual cultura popular, a la altura de la Raimunda de Volver, (2006) o la Agrado de Todo sobre mi madre (1999).

Muchos han comparado esta película con su predecesora, Mujeres al borde de un ataque de nervios, y la verdad es que no sale muy bien parada (no logró ningún goya de los 15 a los que estaba nominada). Pero quizá lo más inteligente sería evitar – en la medida de lo posible- paralelismos, y no sólo porque las comparaciones sean odiosas, sino porque cada película en sí constituye un universo cósmico único, una obra de arte independiente… Y, si encima la dirige Almodóvar, estos relatos cinematográficos de significativa entidad constituyen, cada uno, una propia escuela de cine. Y Átame, en este sentido, no tiene nada que envidiar. A ninguna. 

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