El ángel exterminador

Desde que Luis Buñuel se desvelara al mundo como un renovador del arte surrealista en cine con ese corto de 17 minutos titulado Un perro andaluz (1927), el polémico director aragonés ha tenido que hacer frente a problemas tales como la censura que fue la que le llevó a exiliarse en países como Francia o México, donde pudo desatar su gran potencial creativo. Precisamente en el territorio azteca, y tras el éxito de Viridiana, rodó El ángel exterminador (1962).


El argumento, como suele ser habitual en la filmografía del cineasta, es descabellado: tras haber sido invitados a cenar a la mansión de los Nóbile, un grupo de gente burguesa descubren que no pueden salir del lugar sin que exista una explicación aparente. Con el paso de los días, y tras la escasez de alimentos y bebida, en cada uno de los allí presentes empieza a salir un primario instinto de supervivencia y, con él, todas las miserias de una clase social (supuestamente) cultivada en educación, refinamiento y unos principios éticos básicos. Nada más lejos de la realidad. El desencanto con la burguesía, esa clase social que es sometida por Buñuel a una degradación sin límites, es el tema central de la película. Diez años después el director volvió a lanzar sus dardos envenenados sobre esta sociedad occidental podrida en la también excelente El discreto encanto de la burguesía(1972). La mano maestra de Buñuel es patente ya desde el comienzo, con una forma magistral de presentar a los (nada menos) 22 personajes que conforman la trama. Pero el director sale airoso de esta ardua tarea dotando a cada uno de ellos de las pinceladas necesarias para que nos hagamos una idea de su personalidad.

La sucesión de escenas surrealistas se van sucediendo a lo largo de la película: ese policía en el exterior (en una de las pocas escenas rodadas fuera de la mansión) asegurando que la brigada policial no ha conseguido entrar a la casa sin que nadie se lo haya impedido (“es lo que inquietante del caso”, asegura); esa mano amputada andando por la casa o esas ovejas en rebaño deambulando por los pasillos, simbolizando a una clase social aborregada y casi animalesca. En este sentido, el verdadero ángel exterminador del que habla el título de la película habrá quien crea que es el propio Buñuel, que maneja a sus personajes a su antojo, hacia el esperpento más absoluto. Hay quien afirma, por el contrario, que es una fuerza divina la que empuja a estos 22 personajes a estar privados de libertad, como castigo a una forma de vida basada en aspectos -imperecederos- como los cuchicheos (“La Valkiria es virgen”, se atreve a decir una de las comensales a su acompañante) y las faltas apariencias.

No son fallos de montaje -como algunos erróneamente apuntan- que existan escenas en el film que se muestran dos veces, como son la entrada de los conservadores invitados a la casa o el brindis del anfitrión. Se trata de recursos del director que dotan a esa cinta de un aire poético al más puro estilo de Buñuel. Por su parte, los aspectos religiosos están muy presentes en el film. Además de esos retratos divinos que cubren las puertas, son constantes el replicar de las campanas de la Iglesia y las oraciones. Todo ello lleva a pensar que la película -tal y como unos apuntan-, no sea más que una alegoría religiosa, aunque yo me inclino a pensar la teoría del castigo divino: el precio que deberá pagar esta hermética élite por regir su vida con aspectos banales. Son, además, incapaces de proponer una solución común con la que poner fin a su reclutamiento, demostrando que no pueden llegar a un entendimiento. En este sentido, el doctor es uno de los pocos sujetos que logran conservar la calma en mitad de la caótica situación: “cuando uno se convierte en bestia empieza el fin de su dignidad humana”, acierta a decir (y de paso Buñuel demuestra su gran talento como guionista).

Para hacernos una idea del arduo rodaje al que tuvieron que enfrentarse los actores, bastan las palabras de la actriz Silvia Pinal, –La Valkiria-:  “Buñuel untó miel de abeja por los brazos y en la cara y nos puso tierra en el pelo para dar mayor sensación de realismo”. Asimismo advierte acerca de las múltiples lecturas que puede tener el film: “Él era el único que sabía lo que estaba haciendo”, relata esta gran dama mexicana. Como nota anecdótica -y para que comprobemos el impacto social que tuvo y sigue teniendo el film – El ángel exterminador está considerada como la inventora de los reality-shows. Y es que, ¿realmente existiría Gran Hermano si el director nunca hubiese rodado esta película? Nunca lo sabremos.

“La moda es la manada; lo importante es hacer lo que a uno le da la gana”, decía un Buñuel que se quedó, no obstante, con las ganas de haber rodado la película en capítales típicamente burguesas como París o Londres, y no en México. Pero siempre que pudo – y le dejaron- siguió fiel a esa máxima. Nadie le impuso jamás una regla, desafió a los más férreos censores, nunca le importó que sus films fuesen aparentemente ilógicos y así poder defraudar a una parte de público que no entendiese su cine… Por tanto, Luis Buñuel será recordado, más que como un narrador magistral, como un creador abanderado de la libertad, todo un icono a la hora de serle fiel a unos principios por muy inusuales que estos sean. Y, ante eso, uno no puede más que sentir la más profunda admiración. 

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2 pensamientos en “El ángel exterminador

  1. Creo que en la última frase quisiste decir algo así como “uno no puede sentir otra cosa que la más profunda admiración”. Vuelve a leer lo que has escrito porque creo que dices lo contrario a lo que pretendías. Un abrazo.

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