Henry, retrato de un asesino en serie

Si hay películas que ya de por sí causan horror en el espectador, si encima le sumamos que están basadas en una historia real, el pánico es absoluto. Es el caso de Henry, retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1986), una polémica película que muestra, de la manera más fría y brutal posible, la vida del que en su día tuvo el dudoso honor de ser el asesino más sanguinario de la historia: Henry Lee Lucas (papelón de Michael Rooker). Su mente perturbada le llevó a cometer actos tan crueles como el asesinato de su propia madre, por el que ingresó en prisión. Al salir, se reúne con su también esquizofrénico amigo Oto, y la hermana de este, Becky (Tracy Arnold), con la que empezará a entablar una relación tan insólita como seca.

La película es un prodigio a nivel narrativo, donde cada segundo de sus apenas 80 minutos está extraordinariamente bien aprovechado. Huye así del discurso reiterativo, manteniéndose implacablemente fiel a sus principios: mostrar el día a día de un psicópata intensamente perturbado, ilustrar de la mejor de las maneras cómo funciona la mente de un asesino. Sin concesiones. Sin trucos. Pero con toneladas de talento.

Henry nos asusta y aterra porque podría ser alguien tan cercano a nosotros como nuestro vecino o nuestro amigo… aparentemente es una persona normal sin que nadie pueda sospechar que detrás de esa amabilidad con la que trata a sus víctimas antes de matarlas se enconde el mismísimo rostro del mal. Y es precisamente este el mayor mérito del director de esta película de culto: el haber huido, en un alarde de inteligencia, de la típica y mil veces vistas película de asesinatos y sangre fácil (esas en las que todo el mundo estamos pensando). McNaughton usó este escandaloso caso real para elaborar un fiel retrato (de ahí el título de la cinta) de una persona trastornada. ¿Qué lleva a alguien a actuar así?; ¿Cómo es posible alcanzar tan alta cota de horror? Son algunas de las preguntas que plantea una película que, para el que esto firma, debería ser de visionado obligatorio en las facultades de psiquiatría de todo el mundo.

La película empieza con una serie de imágenes de varias de las víctimas del psicópata (resulta especialmente sobrecogedora la escena del baño), intercaladas con secuencias del propio Henry comprando tabaco o conduciendo un coche. Aunque intenta resultar adulador (“me gusta tu sonrisa”, “qué te debo, por favor”, le dice a una camarera), el retrato que hace el director de su protagonista desde el primer minuto no deja lugar a dudas: nos encontramos ante una persona carente de la más mínima sensibilidad, de rostro impasible y cuyo único placer en la vida se lo proporciona el asesinato (esas voces en off del propio Henry, gritando: “¡muere, puta!”, con la tan estremecedora como omnipresente banda sonora de fondo). En este fragmento inicial el director pone, sin divagaciones, las cartas sobre la mesa: se avecina una masacre.

El director impregna a la película de una atmósfera axfisiante, de unas tonalidades y  una estética tan sucias como apagadas, casi palpables. Todo es seco en esta película, desde esa escasez de diálogos con la que da comienzo la historia a esa aparente (sólo aparente) lentitud con la que se desarrolla, pasando por el frío y retorcido carácter del protagonista.  Consigue así McNaughton jugar con todos los elementos visuales y estéticos a su alcance con el único fin de, más que ser fiel (que lo es) a la vida del criminal, provocar inquietud en el espectador.

Resulta un tanto confusa la relación que Henry, poco a poco, va entablando con la hermana de su amigo, a la que incluso llega a confesarle el asesinato de su madre. Pero, ni siquiera en las escenas que comparte con Becky (que protagoniza momentos tan míticos como el destripamiento de un pescado, en el que es uno de los mejores guiños del film) Henry es capaz de mostrar el más mínimo afecto. El director pretende por un instante confundir al espectador, intentando mostrar el lado más sensible del psicópata, dotándolo de cualidades casi humanas, pero en la (brillante) escena final de la película despeja todas las dudas…

Debido a su extrema violencia (la secuencia del televisor es una de las más duras jamás rodadas, así como la masacre final), la película fue censurada en Estados Unidos y no se estrenó en los cines hasta cuatro años después, en pleno 1990, para desesperación de los productores que no sabían cómo convencer que, por encima de esas toneladas de sangre y maldad, Henry retrato de un asesino en serie era una gran película. El tiempo, afortunadamente, no sólo ha despertado una brutal aluvión de fans en torno a la película (Martin Scorsese entre ellos), sino que además la han convertido en una de las películas de terror más implacables y realistas de todos los tiempos. 

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