El intercambio

Hablar de El Intercambio (Clint Eastwood, 2008) es hablar de la última gran obra maestra del maestro. El genial cineasta no sólo dirige y produce la película, sino que como es habitual en él, se encarga de la partitura, una de las más bellas de su carrera como compositor, dotando a la historia de una emoción que recuerda a otras de sus obras cumbres como Los Puentes de Madison o Mystic River. Eastwood utiliza los 140 minutos de metraje para narrar la historia real de una madre que lucha por recuperar a su hijo. Así pues, una mujer vuelve a erigirse como protagonista absoluta de uno de sus films, como ya ocurriera con Million Dolar Baby (Clint Eastwood, 2004). En este sentido, se podría decir que ambas protagonistas tienen algo en común: las dos saben lo que es luchar contra la adversidad a la hora de conseguir algo en la vida. Es, en el objetivo de esta lucha, donde discrepan: mientras una de ellas es una aprendiz de boxeadora que aspira a llegar algún día a ser reconocida, la otra vive porque las instituciones policiales le devuelvan a su hijo, que le ha sido arrebatado injustamente. 

La premisa de la que parte la película es, de entrada, demoledora. Está ambientada en la América de los años 20 y se centra en el personaje histórico de Christine Collins, una mujer que se enfrentó al gobierno de la época y a férreas y podridas instituciones policiales con el fin de recuperar a su hijo. Angelina Jolie, en una desgarradora interpretación que la valió una nominación al Oscar, se encarga de dar vida a esta mujer que es todo un icono en América. Collins se da cuenta de la ausencia del pequeño, de siete años de edad, al volver del trabajo. Por más que busca, el pequeño no está en la casa, lugar de su último contacto con él. Tras poner la tragedia en manos de las autoridades, y en medio de un drama personal casi convertido en asunto de Estado, Collins recibe una gran noticia: han encontrado a su pequeño. Pero la decepción de la esperanzada mujer será mayúscula cuando se percate de que el niño que le han entregado no es su hijo. Aún así, y haciendo gala de un coraje insólito, decide llevárselo a vivir con ella, preguntándose quién es en realidad el niño que tiene delante y que arropa por las noches. Y, lo que es más importante, dónde está en realidad su verdadero hijo y si todavía sigue con vida.

La historia en sí se presta a sentimentalismos baratos y tópicos de todo tipo. Sin embargo, Eastwood no sólo los esquiva, sino que además se sirve de este impactante caso real para elaborar una dura denuncia a la corrupción política imperante en la América de comienzos del siglo XX. Ahí tenemos a ese jefe de policía, implacable, terrorífico. A esas instituciones poco transparentes y totalmente al servicio del gobierno, donde importaba más el títular del periódico del día siguiente que perseguir la verdad. No es casualidad, por tanto, que en el momento en el que la policía entrega a Collins a su supuesto hijo, se haga en medio de un fuerte interés mediático, no sólo a nivel social, sino también físico. Lo que Eastwood pretende retratar recreándose en esos planos de fotógrafos disparando infinidad de flashes, periodistas ávidos de carnaza anotando hasta el más mínimo detalle y agentes de seguridad rodeando a la protagonista, es el alto nivel de cinismo de las instituciones policiales y de seguridad; organismos que sólo pretenden transmitir a la sociedad el logro tan importante llevado a cabo, y así dar prestigio, notoriedad y buena imagen a la policía. Lástima que su actuación no sólo no honra a la profesión, sino que además vulnera cualquier derecho básico de las personas ocultando la verdad y respaldando la mentira. Precisamente este será el principal campo de batalla de Collins.

Poco importaban por aquella época los ciudadanos y sus derechos. En este sentido, Collins fue un punto de inflexión: su caso no sólo destapó todo el sucio entramado que tejía algunos poderes públicos, sino que además los llevó a la justicia, una institución todavía no del todo corrompida. La insaciable lucha de esta mujer fue fundamental a la hora de establecer una nueva era en América, lejos de la falta de transparencia o de cualquier tipo de corrupción tan escandalosa (aunque todavía a día de hoy quede algún resquicio suelto). En su lucha contra la protagonista, diversas instituciones la llegan a acusar de demente. Los falsos informes de la policía, elaborados para recluir a una mujer que está poniendo en serio peligro la “honorabilidad” y “prestigio” de la institución policial, serán decisivos para internar a la mujer en una institución psiquiátrica. Allí conocerá el horror de primera mano, llegará a temer incluso por su propia vida… en el que constituye uno de los fragmentos más duros de toda la cinematografía de Eastwood.

La excelente ambientación histórica es, junto con el implacable realismo, otro de los puntos fuertes de la película: con solo el primer fotograma se percibe que estamos ante una película casi colosal (en todos los sentidos), de gran presupuesto, donde la recreación de las calles y la sociedad de principios del siglo XX en América es insuperable. Así, Eastwood retrata con esas nítidas vistas generales y amplias panorámicas esas avenidas donde transitan centenares de coches, esas multitudinarias manifestaciones a favor de la protagonista, esos juzgados de una dimensión extraordinaria (fieles a la época). En definitiva, una impecable factura que destila gran cine se mire por donde se mire.

No imagino a otro director para llevar a cabo la adaptación de este escalofriante caso real; quizá porque sólo Eastwood, además de tocar la fibra sensible del espectador, explora caminos que para otro director hubiesen sido inexistentes. Además, en el tramo final de la película y su correspondiente giro argumental, el director alcanza unas cotas de madurez cinematográfica apabullantes (esa plano del cigarro del detective podría ser buena muestra de ello; un plano que viene a reflejar de la mejor manera posible el impotente sentimiento interior que se acaba de apoderar de él ante el relato estremecedor que está escuchando). Un final, en definitiva, tan legendario como inolvidable, cercano al género de terror, y en donde el valor de la esperanza adquiere un significado casi épico.

La pregunta obligada al finalizar la película es: ¿cuántas vidas humanas más destrozaron las instituciones policiales a principios de siglo en América? ¿cuántos casos han quedado silenciados para siempre en la historia? Muchas personas, muchísimas, sufrieron la opresión y la injusticia en primera mano en una época de totalitarismos y abuso de poder. Pero pocas, estoy seguro, como Christine Collins, una mujer que luchó hasta su último soplo de vida para recuperar algo que a una madre nunca se le debería arrebatar: su hijo.

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8 pensamientos en “El intercambio

  1. Sales del cine con un mal rollo en el cuerpo que pá qué! sobretodo cuando tienes hijos….
    Imagino que es lo que quería Eastwood, y desde luego lo consigue.
    Pero mi crítica es para él precisamente. En mi opinión se equivocó cogiendo a Angelina Jolie. No es un papel que le pegue para nada, y por mucho Oscar que ganara sigue sin gustarme en este contexto de película. Yo hubiera preferido una Kate Winslet mil veces!!!!

    • Me es imposible decidirme entre Kate Winslet y Angelina Jolie. Aquí no ganó el Oscar, simplemente fue nominada, pero su papel me parece estupendo. Y sí, pienso como tú en eso de que sales del cine con mucho mal rollo… Eastwood es único para estas cosas. Una de sus grandes películas, sin duda.

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