18 comidas

“En una ciudad pequeña como Santiago de Compostela, se cocinan cada día medio millón de comidas. Unas grandes, otras pequeñas… fuertes, ligeras… de plato o de picoteo, para disfrutar entre amigos o para comer con uno mismo. En algunas el tiempo pasa sin más, y de la comida sólo queda el plato vacío. En otras la vida da un giro inesperado y el mundo cambia su sabor para siempre: agrio, dulce, o los dos que es lo más habitual. Y es que comer no es sólo comer: alrededor de una mesa se abre el apetito, pero también el alma. Por eso en esta ciudad se cocinan cada día medio millón de ocasiones para cambiar el sabor de la vida; en la cena, en la comida o en lo que dicen que es lo más importante para empezar bien el día: un buen desayuno”.

Con esta reveladora voz en off da comienzo una película tan difícil de clasificar y de tematizar como es 18 Comidas (Jorge Coira, 2010). No sólo por un reparto coral que trabaja basándose en la improvisación, sino porque a veces no sabes si llorar, reír o hacer las dos cosas a la vez. Y es que lo que convierte es imprescindible a esta película es justo eso, su facilidad para moldear los sentimientos del espectador.

En efecto, en cuestión de segundos puedes pasar de la risa más desternillante (la comida en casa de los gays)  a la emoción más contenida (esa pareja de ancianos), algo de lo que pueden presumir pocas cintas. Y es ahí, justo ahí, cuando te das cuenta de que esta película es mágica, exquisita. Quizá parte del secreto haya sido haber impregnado a la película del halo entre misterio y tradición que posee Santiago de Compostela, con total seguridad el personaje más carismático y relevante de la cinta. Ahí tenemos a sus plazas de abastos, sus antiguas calles, majestuosos restaurantes, pequeños apartamentos… no sólo espacios físicos donde se desarrolla la acción, sino el lugar donde caminan, viven y deambulan sin rumbo este conglomerado de almas que sufren, padecen pero que, sobre todo, luchan por encontrase a sí mismas.

18 Comidas constituye una poderosa reflexión sobre las segundas oportunidades, los sinsabores de la vida o la pérdida de la pasión… todo ello aderezado con unos platos de comida que, tal  y como nos advierte la voz en off del principio, no son más que una excusa para que los personajes se desnuden y den rienda suelta a sus sentimientos. De todo eso hablan las 18 historias que, en forma de menú, nos ofrece el director mediante montaje paralelo, a lo largo de un único día. Desde que amanece hasta que cae la noche y, con ella, se vuelvan a enterrar un día más esos sueños frustrados, esos anhelos imposibles, esas fervientes ilusiones . Hasta que, de nuevo, vuelva a salir el sol. Un conglomerado de historias perfectamente entrelazadas entre la que destaca la protagonizada por los personajes encarnados por Luis Tosar (que, además de productor de la cinta, se reafirma como el mejor actor de la actualidad en España con la encarnación de un guitarrista bohemio) y por Esperanza Pedreño. No es casualidad que sea precisamente su historia la que más minutos ocupe en el metraje, puesto que pocas parejas nos ha dado el  reciente cine español que destilen tanta química y con las que el espectador puede empatizar tan rápidamente.

Tampoco podemos olvidar el momento en la casa de la pareja de homosexuales, genialmente interpretados por Peris Mencheta y Victor Clavijo. Ambos retratan del modo más verosímil posible esa situación en la que deben hacerse pasar por lo que no son cuando el hermano homófobo de uno de ellos y su “novia” son los invitados para comer… Planos sostenidos, una cámara en permanente tensión, personajes que se pisan unos a otros y apenas cortes son las formas del lenguaje cinematográfico a las que recurre el director para transmitir el realismo (y crudeza, escondida bajo la fina capa del humor) de esta escena que merece la pena subrayar. Nada sobra ni nada falta en esta obra que rebosa autenticidad, emoción y frescura por los cuatro costados. 100 minutos de poesía audiovisual que constituyen todo un descubrimiento que ningún espectador amante de la buena mesa debería dejar escapar, aunque solo sea porque en algún momento a lo largo de 18 comidas se va a sentir identificado. Estamos, pues, ante una de las mejores películas españolas de los últimos años y el ejemplo perfecto de que en nuestra país, más veces de lo que muchos piensan, se hace un cine de primera categoría. Aunque la escasa distribución que ha tenido esta película, monopolizadas por el ciclón USA, provoque que el gran público la desconozca.

Un último apunte: la pareja de ancianos del film no dicen NI UNA PALABRA en todo el metraje. Tampoco hace falta. Su sola presencia posee más verdad y más corazón que todas las sagas “crepusculares” juntas. ¡Buen provecho!

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