Los puentes de Madison

No es fácil enfrentarse a una página en blanco cuando uno se dispone a escribir la crítica de la la que quizá sea, con gran probabilidad, su película favorita de todos los tiempos.  Y lo es por la sencilla razón de que, si realmente el cine se creó como herramienta para expresar emociones, entonces Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) es el máximo exponente. Básicamente, estamos ante una historia de amor, de lo que significa realmente enamorarse. Y, en efecto, nunca este sentimiento había sido reflejado de forma tan pulcra, tan honesta y tan conmovedora en la gran pantalla. La pareja de actores que conquistó el corazón de medio mundo y por la que el melodrama alcanzó la categoría de obra maestra son la formada por Meryl Streep y Clint Eastwood. Ambos dan vida a Francesca, una ama de casa memorable y Richard, un fotógrafo del National Geographic. 

Los Puentes de Madison fue la primera gran incursión del director en el género melodramático, demostrando que el polivalente Eastwood es capaz de salir airoso de dirigir cualquier película, independientemente de su temática, consiguiendo impregnar a ésta su particular sello, aquel por el cual logra tocar la fibra sensible del espectador. Y lo hace sin artificios, sin trucos, con altas dosis de verdad y autenticidad, haciendo una extraordinaria gala de su valentía. Sólo un director atrevido como él podía con tanta maestría poner en marcha la adaptación cinematográfica una novela como la de Robert James Waller, sin importarle en ningún momento el que le acusasen de sensiblería barata o artificiosa. Porque Los Puentes de Madison, en contra de lo que pudiera parecer, es cualquier cosa menos una película edulcorada. Todo en ella rebosa autenticidad, todo es creíble, los personajes son de carne y hueso… 

El proceso por el cual se conocen los protagonistas resulta conmovedor, cada frase, cada línea de diálogo son absolutamente magistrales. Un fotógrafo perdido en mitad del pueblo de Madison es el detonante de la historia; de esta forma conocerá a  Francesca, una ama de casa cuyo marido e hijos se encuentran fuera del pueblo durante 4 días. Ésta se ofrece a acompañarle físicamente a su destino: unos puentes que debe fotografiar para su trabajo en la prestigiosa revista. Es imposible quedarse con sólo un instante del romance que surge desde este momento, aunque si tuviese que elegir me quedaría con la memorable escena del ramo de flores, un nítido ejemplo de cómo se puede empatizar de manera casi sobrehumana con dos personajes de ficción. 

Tras fotografiar los puentes, las escenas de amor a lo largo del día se van sucediendo: un té helado, una invitación para cenar, un paseo a la luz de la luna, un coñac… todo extraordinariamente entrelazado, con no más elipsis que las francamente necesarias. Hasta que el día llega a su fin. Pero la historia continúa, porque es ahí donde empieza todo; un romance, recordemos, que no podrá durar más de 4 días; entonces llegará la rutina, la vida insatisfecha e insípida que posee a la protagonista, consumida en su rutina, entregada a su familia, anclada a un matrimonio en el que no es feliz y al que se unió dejando a un lado unos sueños que nunca llegó a consumar.

Porque todo en Los Puentes de Madison está narrado con una emoción que abruma; la tensión sexual/amorosa de los dos únicos protagonistas, auténtico andamiaje y materia prima de la película, va en aumento hasta desembocar en una escena final bajo la lluvia que pasará a los anales del séptimo arte por ser una inyección directa a lo más profundo del ser humano: su corazón. Unos minutos de metraje que son de una intensidad absoluta, de una profundidad moral casi sobrehumana, de una dimensión colosal. Una mano que duda en abrir o no una puerta y un semáforo en rojo son más que suficientes para conseguir la escena de amor más conmovedora de la historia del cine. Y, sin duda, la mejor rodada –todo en ella funciona: cada plano, cada nota musical, cada palabra de la voz en off de Francesca, cada lágrima de Streep-. Y no importa las veces que la veas: seguirás sintiendo lo mismo.

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