A contracorriente

¿Es posible que en pleno año 2012 haya gente que aún considere pecado (o mucho más grave) indecente que dos hombres puedan, simplemente, amarse?  Y lo que es aún más grave, ¿alguien  ha pensado alguna vez en las consecuencias que tiene para los “afectados” que alguien de su entorno piense así?  Miguel se ha visto arrastrado por la ola de prejuicios y tradición que impera en su pueblo costero, en sus vecinos y amigos,  a estar casado con una mujer y a dejarla embarazada. Y a vivir en secreto el amor que siente por un pintor recién llegado de la capital?

Sin duda, resumida así, la película incita a verla. Pero cuando más ganas entran de disfrutarla es una vez acabado el primer pase. Es ahí, en los títulos de crédito finales, cuando te dices a ti mismo que debes visionar de nuevo esta hermosa película, seleccionada por Perú para competir por el Oscar a Mejor Película Extranjera. Sólo viéndola una segunda vez consigues apreciar la (profunda) dimensión de su mensaje; y, de paso, vuelves a emocionarte con una de las historias de amor más sinceras y honestas jamás vistas cine.

El director, Javier Fuentes de León (también productor, guionista y autor del tema principal de la banda sonora, El día en que me tocó nacer), consigue impregnar a la cinta de una identidad y un aroma con el que todo el mundo puede sentirse identificado, que todo el mundo puede respirar; la condición sexual es lo de menos. Y lo consigue rodando la mayor parte de las escenas en exteriores, donde el mar y las majestuosas playas de Cabo Blanco son un personaje más de la cinta, y también con un trío protagonista inmejorable: Miguel (Cristian Mercado), Mariela (Tatiana Astengo) y Santiago (Manolo Cardona). Todos brillan en sus interpretaciones, dotando a la historia de un realismo y una verosimilitud casi apabullantes.

El mensaje que  se desprende de la película es claro: atreverse a luchar por los verdaderos sentimientos, a pesar de crecer y ser educado desde pequeño en un entorno marcado por los fuertes prejuicios, donde ser hombre significa, básicamente, jugar al fúbol y odiar de los homosexuales. Miguel poco a poco irá emprendiendo ese camino de descubrirse a sí mismo, hasta el punto en el que en un determinado momento de la película  tendrá que decidir qué aspecto le importa más: si lo que puedan pensar de él sus vecinos y amigos (con todo lo que eso conlleva) o lo que realmente le dicta su corazón.

Ganadora del Premio del Público en el Festival de Sundance 2010, en la imprescindible Contracorriente  también sobresalen unos diálogos memorables (“tú no eres maricón, porque para ser maricón primero hay que tener los cojones para admitirlo”), una fotografía espectacular, unas escenas de sexo justificadas y necesarias para entender a fondo la historia y unos giros argumentales excelentes. En ningún momento cae en la previsibilidad; es difícil que el espectador se anticipe a lo que va a ocurrir. Y eso siempre es de agradecer. Como también se agradece la gran riqueza de metáforas a lo largo de la cinta, que tienen su máxima expresión en esas golondrinas omnipresentes a lo largo del metraje, sobrevolando por las aguas del océano, sin rumbo fijo, sin dirección… y con la palabra libertad por bandera.

Pero sobre todo la película destaca por su valentía, por ser en sí misma un alegato valiente al derecho de amar y a la libertad, al derecho de emprender el camino para aceptarse a uno mismo a pesar de las adversidades del entorno. Esto convierte a Contracorriente, no sólo en una de las mejores cintas latinoamericanas de la historia, sino en una película que nadie, sea cual sea la orientación sexual, debería perderse.

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