El cartero siempre llama dos veces

Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), Cintia (Melville Shavelson, 1958), Gilda (Charles Vidor, 1946)…y El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946). Aunque la adaptación de la novela de James Cain no tenga nombre de mujer, qué duda cabe que sin el atractivo, enigmático y arrollador rol de Lana Turner, minuciosamente moldeado, esta joya del cine negro no sería ni una milésina parte de lo que es. Símbolo sexual de la década de los 40, la actriz encarna a Cora, una femme fatale casada con un hombre mayor y atrapada en la más absoluta rutina. Su disección de personaje, de rostro tan angelical como perverso, está perfectamente elaborado, así como un soberbio diseño de vestuario encomendado a una actriz envuelta en ceñidos vestidos que ayudan a potenciar de tensión sexual el ambiente. Sin embargo, el paroxismo del que tanto ella como el protagonista presumen en la novela, se apacigua sobremanera en la gran pantalla por el corsé de la censura, requisito obligado para sacar el proyecto adelante. El remake que Bob Rafelson llevó a cabo en 1981, mucho más fiel al libreto original, sí que potenció la parte erótica -imposible olvidar la mítica escena de la cocina-.

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Al protagonista al que nos referimos es Frank Chambers (John Garfield, en uno de sus papeles más aplaudidos), un vagabundo con antecedentes penales que durante la Gran Depresión comienza a trabajar en un apartado restaurante regentado por el marido de la joven. La chispa no tarda en saltar entre ambos y, como era habitual en el género de la época, empiezan a planificar el crimen perfecto, por el cual ambos se apoderarán del dinero del anciano. Pasando por alto el discutible hecho de que una mujer tan espectacular esté casada con un hombre tan poco agraciado y varias décadas mayor, conviene resaltar de El cartero siempre llama dos veces lo bien que hilvana todos las constantes de sus contemporáneas: asesinatos, juicios, triángulos amorosos… situándose a la misma altura de El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) o Cara de ángel (Otto Preminger, 1952), al mismo tiempo que hace gala de una rica transfusión de géneros: thriller, policíaco, criminal, amoroso… aunque en el fondo puede que no sea más que un retrato de la soledad, total y absoluta. El primer tercio de la obra es impecable, los hechos se exponen de forma nítida y, aunque a partir de entonces el interés queda diluído, conviene esperar hasta el última tramo donde un giro radical de guión, especialmente en esa escena final en la que el título de la película adquiere su máximo significado, vuelve a sumar enteros un film cuya temática principal vendría a ser algo así como “el que la hace, la paga”. Si no antes, después. 

Narrada con la prodigiosa voz en off de Frank y exquisitamente iluminada, a las buenas localizaciones -las escenas de la playa, magníficas-, también hay que sumarle lo bien que expone el drama interior de los dos frustrados protagonistas; dos seres consumidos por la soledad, dueños de un oscuro pasado -Cora era prostituta, aunque aquí este detalle pase casi de puntillas- que, al encontrarse, se descubren como mutua tabla de salvación, la compenetración en su grado máximo, el afecto que siempre han necesitado y que, caprichos del destino, se les ha negado reiteradamente. Un hecho que, en cierta medida, compensa el retrato frío y manipulador, por completo amoral, que se elabora de ellos. El espectador disfruta como ambos se embarcan en una montaña rusa de peligrosas emociones, sinuosas vivencias que no hacen sino ejemplificar el frenético e inevitable descenso a los infiernos a los que se dirigen a toda velocidad. 

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Película guiada por la perversión, por la confrontación moral del bien y del mal, beligerante en su provocación, El cartero siempre llama dos veces también posee, lástima, cierto aroma a cine doméstico, esto es, de limitarse a contentar a los incondicionales del género y no ir más allá. Cierto es que la época no le dejó mucho margen de maniobra, especialmente en cuanto a efectos especiales, violencia y sexo, pero se echa en falta más ingenio y garra en un espectáculo que podía haber sido una obra maestra y que, finalmente, se queda en algo notable. Sin más. 

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