Los cuatrocientos golpes

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos querido ser Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), el protagonista de Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959). Todos hemos soñado alguna vez con escapar de unas rígidas convenciones sociales y experimentar el sabor de la libertad por nuestra propia mano, vagando por las calles sin rumbo. Doinel pretende huir de ese mundo cínico integrado por unos adultos que están lejos de considerarse el paradigma de la educación y el respeto. Pretende, así, iniciar así el camino hacia su propia identidad. El tema de la niñez siempre ha apasionado a Truffaut -ahí están sus obras La piel dura (1976) o El pequeño salvaje (1970) para atestiguarlo- y en su ópera prima se sirve de su actor fetiche -y álter ego en la gran pantalla- para retratarlo como pocos directores lo habían hecho hasta ahora; además de múltiples referencias autobiográficas -también el director tuvo una infancia difícil, entre otras cosas, por no sentirse querido por su familia y, también como Antoine, era un autodidacta constante-, Los cuatrocientos golpes destaca por un tratamiento realista de los acontecimientos, por una sobria y depurada narrativa, por su capacidad de entender a la libertad como un bien supremo y, además, por su bajo presupuesto. Aúna, de este modo, las máximas más representativas de la Nouvelle Vague, movimiento fílmico francés sin cuya película probablemente nunca hubiera nacido.

El ejemplo de educación que el visionario director refleja en su obra, lejos de su carácter exiguo, sigue existiendo en determinados núcleos sociales; se trata de reprimir y encorsetar al niño, privándole de una mirada amplia de la realidad. Asimismo, podemos entender la actitud rebelde que se adueña de Antoine en la escena en la que, antes de dormir, su madre le dice que debe ser una buena persona, instantes después de que su propio hijo haya sido testigo de cómo engaña a su padre con otro hombre a plena luz del día. Los ojos del pequeño, clavados fijamente en su figura materna, hablan por sí solos, atónitos ante una figura que no predica con el ejemplo que pretende inculcarle.  La modalidad de educar que tiene su padre tampoco es digna de elogios: no duda en propinar una doble bofetada a su hijo delante de sus compañeros de clase como escarmiento. Si a esto le añadimos una educación en las escuelas a años luz de lo mínimamente deseable, con unos profesores caducos y una modalidad de enseñanza incapaz de ponerse en el pellejo del alumno -demoledora imagen de la escuela pública, en la línea de la retratada por Jean Vigo en la imprescindible Cero en conducta (1933)-, podemos llegar a entender ese espíritu de huida que se apodera de un Antoine -cuyas paradas en los cineclubs también forman parte de ese relato casi autobiógrafico del director- que sueña algún día con ver el mar. Y es que el mar es, precisamente, lo que representa en la película el símbolo de la libertad -más que incluso esa omnipresente torre Eiffel-, como bien ejemplifica la escena final, donde observamos al joven corriendo hacia la orilla como si se le fuera la vida en ello, genialmente inmortalizado con un portentoso travelling. El plano final, de su rostro congelado, bien podría ser el del propio Truffaut que, mirando a cámara, constituye la viva imagen de la libertad. No es un desenlace abierto, como apuntan algunos, sino un final feliz, abierto a la esperanza, que representa el culmen de todo lo soñado por Antoine.

Dedicada a André Bazin -director de la revista Cahiers du cinéma donde Truffaut trabajó como crítico de cine antes de dedicarse a la profesión de director, al igual que el resto de compañeros de la Nouvelle Vague, y que falleció el mismo día de comienzo del rodaje del film-, Los cuatrocientos golpes es una genuina disección de la juventud, una etapa de fascinación por lo desconocido, de ingenuidad e inocencia, pero también de rebeldía y transgresión. La nota que deja en casa de sus padres antes de fugarse del hogar familiar es bastante significativa a este aspecto: “quiero demostraros que puedo hacerme un hombre”, reza. Una edad en la que tanto Antoine como su compañero de fatigas René -que no hacen sino representar a la generación de jóvenes franceses de la década de los cincuenta-, sueñan cosas tan dispares como poner un negocio o pedir un anticipo de sus herencias. Quizá sean auténticos dislates, pero Antoine sabe que no son nada comparado con el clima de opresión con el que ha tenido que convivir toda su vida encerrado en las cuatro paredes de su hogar mientras se refugiaba en la lectura de La búsqueda de lo absoluto, de Balzac. Quizá los verdaderos disparates son los que cometen los adultos, incapaces de dar dignidad a sus vidas o de intentar entender a una criatura de doce años sin que la primera solución propuesta sea enviarlo al ejército.

A pesar de que adolezca de una banda sonora desfasada, antigua, no acorde con el clima de aires regeneradores que respira la obra, el gran mérito de Los cuatrocientos golpes, más allá de la larga lista de reconocimientos que cosechó como el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes o la nominación al Oscar al Mejor Guión Original, fue su capacidad de situar en primera línea a un cine francés que desde la 2ª Guerra Mundial había estado invisible a los ojos del mundo. Ahora, en cambio, se convirtió en el abanderado temático y estético, en puro cine de vanguardia. No me cabe ninguna duda que sin esta gloriosa etapa del cine galo que dio comienzo en 1959, el cine francés de la actualidad no estaría gozando de esa imparable edad de oro en la que está inmerso. The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) es el último gran ejemplo. 

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4 pensamientos en “Los cuatrocientos golpes

  1. Qué película tan bonita!!!.Es una de mis preferidas, me encantan las escenas de la escuela, me parecen muy reales (el niño que emborrona con tinta continuamente). Truffaut mira a la infancia con mucha ternura, es un tema que, como tú dices, le apasiona. Real, tierna y emotiva. !Ah!, coincido en todo contigo excepto en lo de la música, que sí me parece apropiada (ya nos ha pasado con otra pelicula, discrepar en algo es bueno). Un abrazo y enhorabuena Pablo.

    • Sabía que te iba a gustar, como todas las de Truffaut! Ya sabes que yo descubrí a Truffaut por vosotros y, aunque todavía no he visto toda su obra, me parece un director con mucha personalidad y sensibilidad. No pasa nada que coincidamos en el tema de la música, faltaría más! Es una apreciación totalmente subjetiva. Gracias Mar por leerte la crítica y por el comentario! Ya casi eres la lectora más fiel de mi blog, casi empatando con Paula, jaja. Un beso!

  2. Ay Pablo, te cuento una cosa que leí en una revista. Truffaut después de Los 400 golpes hizo otras películas en las que el protagonista era Antoine Doinel con el mismo actor también, y éste sigue siendo su alter ego. Era eso…
    Bravo Pablo!

    • Gracias por la información Paula! Me has dejado loco! jaja En realidad todo lo que hace Antoine Doinel en la película también lo hacía Truffaut en su juventud, como el fugarse de la escuela para ir al cine, por ejemplo. Así empezó la pasión por el cine del director. Gracias por el comentario!! :)

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