Yo confieso

El hecho de haber sido criado en el seno de una familia fuertemente católica y su educación en un colegio de jesuitas, de marcado carácter religioso, dejaron una profunda huella en Alfred Hitchcock. Esta experiencia, lejos de caer en el olvido, le sirvió al cineasta para rodar películas en las que el sentimiento de culpa, el perdón y los remordimientos figurasen en un primer plano (La ventana indiscreta -1954-,  39 escalones -1935-…). Entre todas ellas destaca Yo confieso (1953). El cineasta no sólo recurre aquí a esas constantes de su cine, sino que además aborda algunos temas polémicos para la época como es la historia de amor entre un sacerdote y una mujer  -motivo por el que en países como Islandia la cinta estuvo prohibida-  En esta obra, de gran calado moral, Hitchcock plantea uno de los dilemas más agudos de la historia del cine cuando un hombre, en secreto de confesión, le revela a un cura que acaba de cometer un asesinato. Tal y como dice el Derecho canónigo, “el sacerdote que viole el secreto de confesión incurre excomunión automática, sin excepciones”, por lo que el sacerdote deberá en todo momento guardar silencio, incluso cuando todos los indicios le señalan a él como el autor del crimen…

El párroco Michael Logan (Montgomery Clift) quedará perplejo ante una confesión que pondrá en juego su propia fe y por la que deberá sacrificarse a sí mismo antes de desvelar la verdad. Se establece así, por tanto, que uno de los temas vertebrales de la obra, al poner al protagonista en una situación límite, es demostrar el poder infranqueable -o no- de la fe, de esa llamada divina que ha condicionado tu existencia. Yo confieso es, así, un duelo constante entre la obligación moral de desenmascarar a un asesino o el cumplir la regla de oro del secreto de confesión, inviolable incluso en casos de este tipo, en los que el padre Logan se convierte en el falso culpable. Un interesante disyuntiva que mantiene al espectador en vilo durante los 90 minutos de metraje y que Clift logra reflejar como nadie a través de una interpretación contenida, mística y llena de fuerza, a pesar de que su relación con el director fue complicada durante el rodaje.

Adaptación teatral de la obra “Nuestras dos conciencias” de Paul Anthelme escrita en 1902 -a pesar de que la censura modificó parte del argumento original- el director se sirvió de la estructura clásica de cualquier relato policial, esto es, asesinato-investigación-resolución del crimen. Hitchcock firma una película -también producida por él- que destaca por un extraordinario manejo de la técnica, un aspecto muy superior al propio guión y los interesantes matices que presenta. En un prodigioso blanco y negro, el cineasta se confirma como un experto a la hora de jugar con las luces y las sombras, detalles de los que se ayuda para que esa inquietud que invade al propio protagonista traspase la pantalla y se apodere del espectador. Los tiros de cámara son, en este sentido, bastante acertados otorgando en ocasiones más protagonismo en el encuadre del plano a la propia sombra del personaje que a éste en sí. También hace un buen uso Hitchcock de la escala de planos: no sólo por esos contrapicados de las propias Iglesias -con la intención de reflejar el inmenso poder de todo lo que simbolizan-, sino también por unos primeros planos prodigiosos, que logran transmitir toda la angustia y el desconsuelo que se apodera del rostro del sacerdote, así como de un constante empleo de simbología cristiana. Ahí tenemos esos reiterativos elementos religiosos -crucifijos, replicar de campanas, figuras de Cristo…- a las que también se le da un gran peso a la hora de aparecer reflejadas en el plano. En este sentido se desarrolla la que considero que es la mejor escena de la película y que corresponde al momento en el que Michael deambula en solitario por las calles, consumido por las dudas. En un determinado fragmento de la escena, lo podemos observar de lejos, mientras que en un primer término aparece una figura de Cristo soportando una pesada cruz, en el que es una de las más elocuentes metáforas jamás filmadas.

Es elogiable también el uso que hace el cineasta de recursos como el flashback a la hora de retratar la historia de amor vivida entre Michael, antes de ordenarse sacerdote, y Ruth (Anne Baxter, a la que Hitchcock lo primero que ordenó fue teñirse de rubio, dada su afición hacia este colectivo); también se recurre a la voz en off de la mujer para ilustrar este hecho, que supondrá la gota que colma el vaso a la estabilidad mental del párroco, puesto que era algo que quería mantener alejado de la opinión pública. “¿Sigues enamorada de él?“, le pregunta Pierre Grandfort (Roger Dann), su marido, convencido de que aún no ha podido olvidar al que ha sido el gran amor de su vida.

A pesar de que la productora censuró buena parte de la idea original del film -no permitió, por ejemplo, que el protagonista tuviese un hijo con Ruth como deseaba el director-, el resultado final es una de las grandes obras de Hitchcock. Sus últimos diez minutos aún siguen impactando por su sobrecogedora fuerza, y con el que se demuestra  hasta qué punto la vida del sacerdote nunca más será la misma, además de poner sobre la mesa cuestiones tan interesantes como la confrontación entre dos conciencias, dos formas de pensar, dos formas de actuar. ¿Cuál de las dos es la correcta?  Puede que, en el fondo, ninguna. 

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4 pensamientos en “Yo confieso

  1. Tu critica, como siempre, brillante. Creo que tengo que volver a ver esta película que me impactó cuando la vi en su momento pero que probablemente no pude ver completa por la censura. Lo mejor, Montgómery Clift, creo que ahora no hay actores así.

    • Gracias por leer mi crítica Mar. La verdad que yo vi esta película por primera vez hace unos meses y me impactó muchísimo, por su fuerza moral. Y el protagonista… se come la pantalla. Yo también pienso que ya no hay actores con esa luz, con ese encanto.

  2. ¿Os disteis cuenta de Hitchcock al principio de la escalera?. ¿Prohibida en un país como Islandia por una historia de amor entre una mujer casada y un cura?. Con el tiempo este país tendría una jefa de gobierno lesbiana. El tiempo lo muda todo, eh, así que con los años Logan colgaría los hábitos y se quedaría con la rubia de bote, que no por eso era tonta. Gracias Pablo.

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