Todo sobre mi madre

Marca la tradición que todo creador disponga su obra, más o menos extensa, una pieza realmente destacable. Los directores de cine no son una excepción. Y en el caso de Pedro Almodóvar esa obra eterna, insuperable y por la que siempre será recordado tiene un nombre: Todo sobre mi madre. A pesar de la contundencia de esta afirmación, no es una afirmación gratuita. Y, aún sabedor de que el manchego tiene una larga lista de 18 películas, de las que un buen puñado son obras maestras incontestables, sin duda es Todo sobre mi madre la que se abrió las puertas del director y guionista a nivel mundial.

En efecto, aunque Almodóvar ya se dio a conocer en Hollywood con la delirante y surrealista Mujeres al borde de un ataque de nervios, con la película que ahora nos ocupa el cineasta conquistó todos los premios habidos y por haber (Oscar y Globo de Oro incluidos) y, además, se metió en el bolsillo al público de todas las nacionalidades, continentes, condición social, sexual o cualquier otra categoría. Además, la respuesta de la crítica fue unánime: Todo sobre mi madre suponía un punto de inflexión en la obra almodovariana, así como el comienzo de una muy interesante etapa de madurez cinematográfica. Hacer una crítica sobre esta película no es fácil, sobre todo por la multitud de capas que la forman, pero empezaré destacando el increíble conjunto de actrices del elenco, sin olvidar a unos secundarios de lujo como son Fernando Fernán Gómez o Fernando Guillén. Un portentoso reparto casi íntegramente femenino entre las que sobresalen unas Cecilia Roth y una Marisa Paredes en dos de los personajes más duros de la historia del cine: la primera debe hacer frente a la muerte de un hijo, y la segunda vive enganchada a un amor imposible. Drama en estado puro, aderezado con unos inteligentes y muy bien situados golpes de humor.

Rodeado de su habitual y fiel equipo artístico (entre el que destaca una vez más Alberto Iglesias, que firma aquí una partitura extraordinaria), el director consigue escenas tan míticas y memorables como la  secuencia en la que Manuela (Cecilia Roth) responde a una compañera de trabajo que le recrimina el haber viajado hasta Cataluña para conocer el donante de corazón su hijo fallecido. La protagonista, una mujer coraje, le responde: “He ido tras el corazón de mi hijo”. Si hubiese un ranking de las frases más hermosas de la historia del cine, no cabe duda que esta ocuparía los primeros puestos. Asimismo, también son antológicas frases como las que le responde Manuela a su hijo cuando este le pregunta si sería capaz de prostituirse por ella horas antes de morir: Yo por ti ya lo he hecho todo”, le responde mirándole a los ojos. Palabras mayores. Admiración absoluta a un creador absoluto, capaz de crear de la nada un universo de personajes tan variopinto. Que lloran. Que aman. Que sufren. Que, en definitiva, viven. Son auténticos.Y lo que es más importante: el espectador empatiza con ellos de forma casi sobrehumana: da igual que sea un travestí mil veces operada, una religiosa embarazada y con sida o una madre que no supera la pérdida de su vástago. Conectamos con todos y cada uno de ellos gracias a que son personajes reales, algo de lo que muy pocos directores pueden presumir.

“Un tranvía llamado deseo ha marcado mi vida”, confiesa una  Manuela, que conoce de memoria todos los diálogos de la mítica obra teatral, a una Huma (Marisa Paredes) de atónita mirada. ¿Cómo no la va a marcar si el haber asistido a la representación teatral del mítico film constituye el último momento que compartiste con tu hijo?  ¿O cuando ella fue la protagonista de la obra de teatro casi 20 años atrás? Las coincidencias aquí son extraordinarias, y el mensaje claro: cómo una pieza de ficción (da igual que sea teatro, cine, etc) puede marcar tu vida a fuego, además de suponer un claro homenaje del director, además de a la obra de Tennessee Williams, a la propia profesión de actriz (o también “a los hombres que se disfrazan de actrices”, como bien señala el manchego antes de los títulos de crédito finales). Tampoco faltan en las palabras de dedicatoria del director a Bette Davis (de hecho el título de la película se debe a que una de las cintas más míticas de la actriz, Eva al Desnudo, traducida al español sería Todo sobre Eva) y, como no, a su madre. O a todas las madres, porque la película es un homenaje a todas esas mujeres que, como Manuela, van tras el corazón de sus hijos. 

Todo sobre mi madre constituye, pues,  un cosmos cinematográfico donde todas la señas de identidad de Almodóvar (esos estampados en las paredes, esos colores vivos, esos mensajes subliminales…) brillan con luz propia, donde todo fluye y se desarrolla con maestría.. No importan los años que pasen, eso es de menos: Todo sobre mi madre  gana en genialidad (y frescura) con el paso del tiempo. Además, si de verdad es cierto eso de que hay películas que sólo por una escena merece la pena su visionado, esta escena sería la del monólogo de Agrado (Antonia San Juan), que consigue despertar los aplausos de todo un teatro. Y los míos propios.

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4 pensamientos en “Todo sobre mi madre

  1. no podías decir más, ni menos. Me ha gustado mucho que dejaras para el final la cita al monólogo de Antonia San Juan, porque creo que es lo mejor de la peli (y pensaba que no lo ibas a mencionar!!)

    I love youu

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